lunes, 1 de noviembre de 2010

Un ejemplo sobre la Comunión de los Santos

Lo leí hace tiempo, pero no lo recordaba. Me encuentro en las Últimas Conversaciones (Cuaderno Amarillo, 15.7.5) de Santa Teresa de Lisieux una descripción maravillosa de la Comunión de los santos. ¿Acaso no celebramos hoy este Misterio? ¿Acaso en la Iglesia lo invisible y santificador no es tanto o más real que lo visible?

¡Uno sostiene a los demás! ¡Todos apoyan a quien está débil en la fe! La caridad de uno refuerza a otro. Y sin conocerse, amando de forma nueva al entregarse al Misterio de la Comunión eclesial. Quien se santifica y sube a Dios, santifica y hace que otros suban un poco más a Dios, aunque personalmente jamás se hayan tratado.

"Sor María de la Eucaristía quería encender las velas para una procesión. No tenía cerillas, pero al ver la lamparilla que arde ante las reliquias, se acercó; pero, ¡ay!, la encontró medio apagada, no quedaba más que un débil destello en la mecha carbonizada. Sin embargo, consiguió encender su vela, y, gracias a esa vela, se fueron encendiendo todas las de la comunidad. Fue aquella lamparita medio apagada la que produjo aquellas hermosas llamas que, a su vez, hubieran podido producir infinidad de otras e incluso incendiar el universo. Sin embargo, la causa primera de ese incendio se debería siempre a aquella lamparita. ¿Podrán entonces las hermosas llamas, sabiendo esto, gloriarse de haber provocado semejante incendio, cuando ellas mismas sólo se encendieron gracias a aquella centellita...?

Lo mismo ocurre con la comunión de los santos. Muchas veces, sin que nosotros lo sepamos, las gracias y las luces que recibimos se las debemos a un alma escondida, porque Dios quiere que los santos se comuniquen la gracia unos a otros por medio de la oración, para que en el cielo se amen con un gran amor, con un amor todavía mucho mayor que el amor de la familia, hasta el de la familia más ideal de la tierra. ¡Cuántas veces he pensado si no deberé yo todas las gracias que he recibido a las oraciones de un alma que haya pedido por mí a Dios y a la que no conoceré más que en el cielo!

Sí, una centellita muy pequeña puede hacer brotar grandes lumbreras en toda la Iglesia, como doctores y mártires, que estarán muy por encima de ella en el cielo; ¿pero quién podrá decir que su gloria no se tornará la de ella?

En el cielo no habrá miradas de indiferencia, porque todos los elegidos reconocerán que se deben unos a otros las gracias que les han merecido la corona".

Fuente: http://corazoneucaristicodejesus.blogspot.com

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