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miércoles, 12 de octubre de 2011

¿Oramos o no oramos? Como Orar

¿Acaso entendemos realmente o llegamos a dominar alguna vez la oración? Sí y no. Cuando intentamos orar, a veces logramos caminar sobre el agua, pero otras veces nos hundimos como una piedra. A veces tenemos un profundo sentido de la realidad de Dios, pero otras veces ni siquiera podemos imaginar que Dios exista. A veces experimentamos sentimientos profundos sobre la bondad y el amor de Dios, pero otras veces sólo sentimos aburrimiento y distracción. A veces nuestros ojos se llenan de lágrimas, pero otras veces divagan furtivamente buscando nuestro reloj de pulsera para ver cuánto tiempo tenemos que estar todavía en oración. A veces nos gustaría permanecer en nuestro lugar de oración para siempre, pero otras veces nos extrañamos hasta de habernos dejado ver en el lugar de oración. La oración tiene un tremendo flujo y reflujo.

Recuerdo una ocasión, años atrás, en la que un hombre se me acercó pidiendo dirección espiritual. Había estado involucrado durante varios años en un grupo carismático de oración y allí había experimentado fuertes emociones religiosas. Pero ahora, para su sorpresa, esas emociones se habían desvanecido. Cuando intentaba rezar, generalmente experimentaba sequedad y aburrimiento. Le parecía que algo no marchaba bien, ya que sus fogosas emociones habían desaparecido. Él lo expresaba así: “Padre, usted ha visto mi biblia, ha visto cómo muchísimas líneas están subrayadas con un color fuerte, porque el texto bíblico me interpeló tan profundamente… ¡Bien, ahora mismo me dan ganas de tirar mi biblia por la ventana, porque nada de aquello significa ya absolutamente nada para mí! ¿Qué me pasa?”

La respuesta rápida podría haber sido: “¡Algo le pasa a Dios!” Pero le indiqué, en vez, la experiencia de Teresa de Ávila quien, después de una temporada de profundo fervor en oración, experimentó diez y ocho años de aburrimiento y sequedad. Hoy le haría leer los diarios de la Beata Madre Teresa de Calcuta, quien, como Teresa de Ávila, después de un cierto fervor inicial en oración, experimentó sesenta años de sequedad.

Abrigamos una ingenua fantasía tanto sobre cuál es el constitutivo de la oración como de la forma de mantenernos en ella. Y lo que con frecuencia está en el centro de esta noción equivocada es la creencia de que la oración tiene que ir acompañada siempre de rebosante fervor, ser interesante, cálida, cargada de actitud espiritual y llena del sentimiento de que realmente estamos orando. Junto con esta noción está la percepción, igualmente equivocada, de que la forma de mantener el sentimiento y el fervor en la oración debe lograrse por medio de constante novedad y variación o por medio de tenaz concentración. Los autores clásicos en espiritualidad nos aseguran que esto es frecuentemente cierto durante los primeras etapas de nuestra vida de oración, cuando somos neófitos en la oración y en la etapa de luna de miel de nuestra vida espiritual; pero se vuelve cada vez menos cierto cuanto más profundamente avanzamos en oración y espiritualidad.

Para gran alivio y consuelo de cualquiera que haya intentado una vida de oración a través de un largo período de tiempo, los grandes místicos nos dicen que, una vez que hemos pasado ya la temprana etapa de luna de miel en la oración, el obstáculo mayor para mantener una vida de oración es el simple aburrimiento y el sentimiento de que en ella no sucede nada realmente significativo. Pero eso no quiere decir que estemos experimentando retroceso en la oración. Con frecuencia quiere decir lo contrario.

Aquí os ofrezco como un palio bajo el que podamos orar, aun cuando luchemos contra el aburrimiento y el sentimiento de que nada significativo esté ocurriendo en nuestra oración: Imagínate que tienes una madre de edad avanzada, recluida en una residencia u hogar de ancianos. Tú eres la hija o el hijo, consciente de tus deberes y, cada noche después del trabajo, durante una hora, dejas todo y pasas el tiempo con ella, ayudándola en la cena, compartiendo los pequeños sucesos de la jornada, y simplemente estando con ella como hijo o hija. Dudo que, salvo en raras ocasiones, tengas muchas conversaciones con ella profundamente emotivas o incluso interesantes. Vistas superficialmente, tus visitas parecerán generalmente como rutinarias, secas e impulsadas por la obligación filial. La mayoría de los días hablarás con tu madre sobre cosas triviales, cotidianas, y tú estarás echando con disimulo una mirada al reloj para ver cuándo se acabará tu hora con ella. Sin embargo, si perseveras en estas visitas regulares a tu madre, mes tras mes, año tras año, entre todos los seres humanos en todo el mundo irás conociendo a tu madre de la forma más profunda, y ella te irá también conociendo a ti de la forma más cabal porque, como afirman los místicos, a un cierto nivel profundo de relación se da la real y auténtica conexión entre nosotros, los humanos, por debajo de la superficie de nuestras conversaciones triviales. Comenzamos a conocernos y acogernos el uno al otro por medio de la simple presencia.

Puedes reconocer esto observando lo contrario: Date cuenta de cómo se relaciona tu madre con tus hijos –sus nietos–, que la visitan sólo ocasionalmente, muy de tarde en tarde. Durante esas raras visitas realizadas de cuando en cuando, habrá emociones, lágrimas y conversaciones más importantes que sobre el clima y sobre las trivialidades de la vida de cada día. Pero sucede así porque tu madre ve a tus hijos tan de tarde en tarde.

En la oración ocurre lo mismo. Si rezamos sólo de vez en cuando, podemos sentir igualmente algunas emociones bastante profundas en nuestra oración. Sin embargo, si oramos fielmente cada día, un año sí y otro también, podemos esperar my poca excitación, cantidad de aburrimiento, constantes tentaciones de mirar al reloj durante la oración… pero se dará un lazo afectivo muy profundo y creciente con nuestro Dios. 
 
 
 Fuente: http://jovenesoblatos.com.ar | Autor: Ron Rolheiser

viernes, 12 de agosto de 2011

El embajador de Dios junto a las Flores

Redacción (Jueves, 11-09-2011, Gaudium Press) Era una tarde caliente de verano. Después de un delicioso y abundante almuerzo de domingo, mientras algunos se dirigían a sus habitaciones para la tan reconfortante siesta, decidimos rezar el Rosario en el amplio jardín de nuestra sede localizada en la sierra de la Cantareira (afueras de San Pablo, Brasil).

Entretanto, en aquella tarde, la naturaleza entera parecía querer también cumplir el precepto del descanso dominical. Ningún canto de pájaro, ni incluso el más leve movimiento de las hojas de los árboles se hacía sentir.

Solamente el astro rey, con más ira que bondad, es quien insistía en mostrar todo el esplendor de su majestad. Parecía querer a todo costo, despertar aquella naturaleza envuelta en el letargo vespertino.

Como el clima se hacía poco propicio para las largas caminatas, decidimos parar en la sombra de un frondoso árbol desde donde se podía contemplar un vasto panorama. Todo aquel ambiente nos invitaba a la oración y la meditación. Sin embargo, apenas habíamos recitado las primeras Ave-Marías del Rosario, cuando un zumbido como de una flecha volando por entre los árboles nos desvió la atención.

Al levantar los ojos, vimos un pequeño pájaro, ágil como un pensamiento, que cortaba el aire con maniobras inesperadas, diseñando lindas coreografías en aquel inmenso cielo azul. Sus alas, de tan rápidas, se tornaban casi invisibles. Tal era su belleza que, en nuestra opinión, esta ave parecía haber huido por alguna brecha de la puerta del paraíso para venir a habitar en nuestro medio.

De repente, de forma encantadora y vivaz, pareciendo percibir nuestra admiración, posó en una fina rama de árbol y se dejó contemplar... Luego percibimos que se trataba de un colibrí, una verdadera piedra preciosa revestida de alas.

Justo en aquel instante los rayos del sol incidieron sobre él y, al más leve movimiento, sus plumas iban cambiando de tonalidad, recorriendo los variados colores del arcoíris. Ahora se presentaban de un verde esmeralda que extasiaba. Ahora, de su elegante cuello, relucía un azul tan brillante como un topacio. Poco después, de las extremidades de su pequeña cola se podía contemplar un rojo rutilante como un rubí...

Sin embargo, como mucho le cuesta la inmovilidad, en seguida abandonó la tenue rama en que posaba y voló rápidamente en dirección a algunas flores silvestres. Ciertamente atraído por la belleza de sus colores, así como por el agradable perfume que de ellas exhalaba.

Después de esta demostración de agilidad y esplendor, el colibrí se dispuso ahora a presentar su talento de "ave de salón". Aquel pájaro, como si estuviese en un baile de la corte de algún majestuoso rey, comenzó a repetir innúmeras veces un "ceremonial" que consistía en acercarse suavemente a cada una de las flores "saludándolas".

Paraba rápidamente delante de ellas, emitiendo un suave sonido de la forma en que alguien susurra una confidencia, y en seguida, con su afilado pico, iba besando una por una. Las flores, rendidas de admiración por quien les superaba en brillo y color, se dejaban besar. Estas mismas flores retribuían la gentileza proporcionándole su suave y delicioso néctar. Y el colibrí, sin darse por vencido en materia de delicadeza y buen trato, se despedía volando hacia atrás, sin dar la espalda a la bella y perfumada flor que acababa de besar.

En este instante, nos vino a la mente el sermón pronunciado por el Mons. João Clà, fundador de los Heraldos del Evangelio, en la mañana de aquel domingo: "Dios enriqueció todo el universo con una inmensa y armoniosa diversidad de seres y que el mejor modo de conocer la belleza del Creador es admirar la Pulchritude (Belleza) del universo por Él creado".

De esta forma, aplicando tales palabras a la escena que acabábamos de contemplar, bien podríamos decir que aquella graciosa ave fue creada por Dios para admirar el bello colorido de la creación y, como "el amor torna el amante semejante al amado", no sería osado afirmar que el colibrí de tanto amar las flores, se transformó en una rosa alada...

El deseo de relacionarse...

Se veía también en aquel pequeño animal, un deseo inmenso de relacionarse, de entrar en contacto. Y, si por absurdo, aquellas flores pudiesen padecer de esta "enfermedad moderna" llamada soledad, allí estaría el colibrí, cual embajador de Dios junto a las solitarias flores del bosque, para "susurrar en su oído" que el Dios Creador de todas las cosas es quien les había dado el perfume, el color y la elegancia; y que Él no olvida ni incluso a la menor de las plantas silvestres, sino que las ama y las sustenta.

También, si grande es el deseo del colibrí de encontrar la flor, infinitamente mayor es el deseo de Dios de entrar en contacto con nosotros. Él se hizo hombre como nosotros y vino a habitar en nuestro medio. Un día, sus labios divinos pronunciaron estas palabras: "Mi alegría es estar junto a los hijos de los hombres". Siendo así, nuestra alma debería estar también repleta de esta misma alegría de convivir, de estar junto a Dios que también se hace visible a través de sus criaturas.

¿No fue el propio Dios, que en el jardín de la creación contempló una flor e hizo de ella su obra prima? ¿Esta flor llamada María, la Rosa Mística, que en su vida exhaló el más suave olor de santidad, y que un día el Verbo Eterno se hizo pequeñito para estar en los brazos de esta Rosa, y dirigir a ella su primera mirada y su primer beso?

Contemplar las realidades de la creación es vivir en oración...

Cuando todavía estábamos absortos en estas consideraciones, la campana de la capilla tocó invitándonos a la oración. Entretanto, aquel pequeño visitante, asustado con este timbre que le era desconocido, voló lejos, donde nuestros ojos no lo podían contemplar más. Ahora, poco tiempo restaba para hacernos a nosotros mismos una última indagación.

¿Será que no perdemos tiempo en analizar esta ave junto a la flor? ¿No habría sido mejor haber cumplido primeramente el propósito de rezar el Rosario? ¿Por qué no aprovechamos este tiempo para "hacer las cosas prácticas" de que el hombre moderno tanto se ufana?

En cuanto a la conclusión, esta se inclinó hacia la negativa, pues según el Catecismo de la Iglesia Católica: "es sobre todo a partir de las realidades de la creación que se vive la oración" (CIC 2569). Conviene recordar también la bella frase de Santa Teresa del Niño Jesús: "para mí, la oración es un impulso del corazón, es una simple mirada lanzada al cielo, un grito de reconocimiento y amor en medio de la prueba o en medio de la alegría".

En fin, alguien podría objetar que estos comentarios nada poseen de "científico" y que carecen de mayores conocimientos de zoología y botánica. Esto es verdad, sin embargo, el hombre no fue creado para ver la naturaleza como si ella fuese solamente un inmenso aglomerado de fenómenos físicos o de reacciones químicas, sino, para buscar las impresiones digitales de Dios en el universo y hacer de estas impresiones una oración "a Quien hizo el cielo y la tierra".

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Ahora, ya en la capilla delante del Santísimo Sacramento al rezar el Santo Rosario, todavía estábamos inundados de una alegría interior, pues aquella "oración" junto a la flor y el colibrí, nos aseguró que "la soledad es una ilusión", pues Dios siempre está con nosotros y que la naturaleza nada más es que un gran libro que nos remite a lo sobrenatural. Entretanto, es necesario que se sepa leerlo.

Y si por ventura los cielos de Judea fuesen también habitados por estas encantadoras aves, quizá, el Poeta Divino después de haber contemplado los lirios del campo, bien podría haber dicho: "mirad os colibríes que vuelan en el cielo, ellos no tejen ni hilan, entretanto yo os digo, ni Salomón con toda su pompa se vistió tan bien..."

Por Inácio Almeida | Fuente: Gaudiumpress




martes, 5 de julio de 2011

Benedicto XVI: Enseñanos a orar VI

BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL


Plaza de San Pedro
Miércoles 15 de junio de 2011


Queridos hermanos y hermanas:

En la historia religiosa del antiguo Israel tuvieron gran relevancia los profetas con su enseñanza y su predicación. Entre ellos surge la figura de Elías, suscitado por Dios para llevar al pueblo a la conversión. Su nombre significa «el Señor es mi Dios» y en consonancia con este nombre se desarrolla su vida, consagrada totalmente a suscitar en el pueblo el reconocimiento del Señor como único Dios. De Elías el Sirácida dice: «Entonces surgió el profeta Elías como un fuego, su palabra quemaba como antorcha» (Si 48, 1). Con esta llama Israel vuelve a encontrar su camino hacia Dios. En su ministerio Elías reza: invoca al Señor para que devuelva a la vida al hijo de una viuda que lo había hospedado (cf. 1 R 17, 17-24), grita a Dios su cansancio y su angustia mientras huye por el desierto, buscado a muerte por la reina Jezabel (cf. 1 R 19, 1-4), pero es sobre todo en el monte Carmelo donde se muestra en todo su poder de intercesor cuando, ante todo Israel, reza al Señor para que se manifieste y convierta el corazón del pueblo. Es el episodio narrado en el capítulo 18 del Primer Libro de los Reyes, en el que hoy nos detenemos.

Nos encontramos en el reino del Norte, en el siglo ix antes de Cristo, en tiempos del rey Ajab, en un momento en que en Israel se había creado una situación de abierto sincretismo. Junto al Señor, el pueblo adoraba a Baal, el ídolo tranquilizador del que se creía que venía el don de la lluvia, y al que por ello se atribuía el poder de dar fertilidad a los campos y vida a los hombres y al ganado. Aun pretendiendo seguir al Señor, Dios invisible y misterioso, el pueblo buscaba seguridad también en un dios comprensible y previsible, del que creía poder obtener fecundidad y prosperidad a cambio de sacrificios. Israel estaba cediendo a la seducción de la idolatría, la continua tentación del creyente, creyendo poder «servir a dos señores» (cf. Mt 6, 24; Lc 16, 13), y facilitar los caminos inaccesibles de la fe en el Omnipotente poniendo su confianza también en un dios impotente hecho por los hombres.

Precisamente para desenmascarar la necedad engañosa de esta actitud, Elías hace que se reúna el pueblo de Israel en el monte Carmelo y lo pone ante la necesidad de hacer una elección: «Si el Señor es Dios, seguidlo; si lo es Baal, seguid a Baal» (1 R 18, 21). Y el profeta, portador del amor de Dios, no deja sola a su gente ante esta elección, sino que la ayuda indicando el signo que revelará la verdad: tanto él como los profetas de Baal prepararán un sacrificio y rezarán, y el verdadero Dios se manifestará respondiendo con el fuego que consumirá la ofrenda. Comienza así la confrontación entre el profeta Elías y los seguidores de Baal, que en realidad es entre el Señor de Israel, Dios de salvación y de vida, y el ídolo mudo y sin consistencia, que no puede hacer nada, ni para bien ni para mal (cf. Jr 10, 5). Y comienza también la confrontación entre dos formas completamente distintas de dirigirse a Dios y de orar.

Los profetas de Baal, de hecho, gritan, se agitan, bailan saltando, entran en un estado de exaltación llegando a hacerse incisiones en el cuerpo, «con cuchillos y lancetas hasta chorrear sangre por sus cuerpos» (1 R 18, 28). Recurren a sí mismos para interpelar a su dios, confiando en sus propias capacidades para provocar su respuesta. Se revela así la realidad engañosa del ídolo: está pensado por el hombre como algo de lo que se puede disponer, que se puede gestionar con las propias fuerzas, al que se puede acceder a partir de sí mismos y de la propia fuerza vital. La adoración del ídolo, en lugar de abrir el corazón humano a la Alteridad, a una relación liberadora que permita salir del espacio estrecho del propio egoísmo para acceder a dimensiones de amor y de don mutuo, encierra a la persona en el círculo exclusivo y desesperante de la búsqueda de sí misma. Y es tal el engaño que, adorando al ídolo, el hombre se ve obligado a acciones extremas, en el tentativo ilusorio de someterlo a su propia voluntad. Por ello los profetas de Baal llegan incluso a hacerse daño, a infligirse heridas en el cuerpo, en un gesto dramáticamente irónico: para obtener una respuesta, un signo de vida de su dios, se cubren de sangre, recubriéndose simbólicamente de muerte.

Muy distinta es la actitud de oración de Elías. Él pide al pueblo que se acerque, implicándolo así en su acción y en su súplica. El objetivo del desafío que lanza él a los profetas de Baal era volver a llevar a Dios al pueblo que se había extraviado siguiendo a los ídolos; por eso quiere que Israel se una a él, siendo partícipe y protagonista de su oración y de cuanto está sucediendo. Después el profeta erige un altar, utilizando, como reza el texto, «doce piedras, según el número de tribus de los hijos de Jacob, al que se había dirigido esta palabra del Señor: “Tu nombre será Israel”» (v. 31). Esas piedras representan a todo Israel y son la memoria tangible de la historia de elección, de predilección y de salvación de la que el pueblo ha sido objeto. El gesto litúrgico de Elías tiene un alcance decisivo; el altar es lugar sagrado que indica la presencia del Señor, pero esas piedras que lo componen representan al pueblo, que ahora, por mediación del profeta, está puesto simbólicamente ante Dios, se convierte en «altar», lugar de ofrenda y de sacrificio.

Pero es necesario que el símbolo se convierta en realidad, que Israel reconozca al verdadero Dios y vuelva a encontrar su identidad de pueblo del Señor. Por ello Elías pide a Dios que se manifieste, y esas doce piedras que debían recordar a Israel su verdad sirven también para recordar al Señor su fidelidad, a la que el profeta apela en la oración. Las palabras de su invocación son densas en significado y en fe: «Señor, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que se reconozca hoy que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu servidor y que por orden tuya he obrado todas estas cosas. Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo sepa que tú, Señor, eres Dios y que has convertido sus corazones» (vv. 36-37; cf. Gn 32, 36-37). Elías se dirige al Señor llamándolo Dios de los padres, haciendo así memoria implícita de las promesas divinas y de la historia de elección y de alianza que unió indisolublemente al Señor con su pueblo. La implicación de Dios en la historia de los hombres es tal que su Nombre ya está inseparablemente unido al de los patriarcas, y el profeta pronuncia ese Nombre santo para que Dios recuerde y se muestre fiel, pero también para que Israel se sienta llamado por su nombre y vuelva a encontrar su fidelidad. El título divino pronunciado por Elías resulta de hecho un poco sorprendente. En lugar de usar la fórmula habitual, «Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob», utiliza un apelativo menos común: «Dios de Abraham, de Isaac y de Israel». La sustitución del nombre «Jacob» con «Israel» evoca la lucha de Jacob en el vado de Yaboc con el cambio de nombre al que el narrador hace una referencia explícita (cf. Gn 32, 29) y del que hablé en una de las catequesis pasadas. Esta sustitución adquiere un significado denso dentro de la invocación de Elías. El profeta está rezando por el pueblo del reino del Norte, que se llamaba precisamente Israel, distinto de Judá, que indicaba el reino del Sur. Y ahora este pueblo, que parece haber olvidado su propio origen y su propia relación privilegiada con el Señor, oye que lo llaman por su nombre mientras se pronuncia el Nombre de Dios, Dios del Patriarca y Dios del pueblo: «Señor, Dios (...) de Israel, que se reconozca hoy que tú eres Dios en Israel» (1 R 18, 36).

El pueblo por el que reza Elías es puesto ante su propia verdad, y el profeta pide que también la verdad del Señor se manifieste y que él intervenga para convertir a Israel, apartándolo del engaño de la idolatría y llevándolo así a la salvación. Su petición es que el pueblo finalmente sepa, conozca en plenitud quién es verdaderamente su Dios, y haga la elección decisiva de seguirlo sólo a él, el verdadero Dios. Porque sólo así Dios es reconocido por lo que es, Absoluto y Trascendente, sin la posibilidad de ponerlo junto a otros dioses, que lo negarían como absoluto, relativizándolo. Esta es la fe que hace de Israel el pueblo de Dios; es la fe proclamada en el conocido texto del Shemá Israel: «Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6, 4-5). Al absoluto de Dios el creyente debe responder con un amor absoluto, total, que comprometa toda su vida, sus fuerzas, su corazón. Y precisamente para el corazón de su pueblo el profeta con su oración está implorando conversión: «Que este pueblo sepa que tú, Señor, eres Dios, y que has convertido sus corazones» (1 R 18, 37). Elías, con su intercesión, pide a Dios lo que Dios mismo desea hacer, manifestarse en toda su misericordia, fiel a su propia realidad de Señor de la vida que perdona, convierte, transforma.

Y esto es lo que sucede: «Cayó el fuego del Señor, que devoró el holocausto y la leña, las piedras y la ceniza, secando el agua de las zanjas. Todo el pueblo lo vio y cayeron rostro en tierra, exclamando: “¡El Señor es Dios. El Señor es Dios!”» (vv. 38-39). El fuego, este elemento a la vez necesario y terrible, vinculado a las manifestaciones divinas de la zarza ardiente y del Sinaí, ahora sirve para mostrar el amor de Dios que responde a la oración y se revela a su pueblo. Baal, el dios mudo e impotente, no había respondido a las invocaciones de sus profetas; el Señor en cambio responde, y de forma inequívoca, no sólo quemando el holocausto, sino incluso secando toda el agua que había sido derramada en torno al altar. Israel ya no puede tener dudas; la misericordia divina ha salido al encuentro de su debilidad, de sus dudas, de su falta de fe. Ahora Baal, el ídolo vano, está vencido, y el pueblo, que parecía perdido, ha vuelto a encontrar el camino de la verdad y se ha reencontrado a sí mismo.

Queridos hermanos y hermanas, ¿qué nos dice a nosotros esta historia del pasado? ¿Cuál es el presente de esta historia? Ante todo está en cuestión la prioridad del primer mandamiento: adorar sólo a Dios. Donde Dios desaparece, el hombre cae en la esclavitud de idolatrías, como han mostrado, en nuestro tiempo, los regímenes totalitarios, y como muestran también diversas formas de nihilismo, que hacen al hombre dependiente de ídolos, de idolatrías; lo esclavizan. Segundo. El objetivo primario de la oración es la conversión: el fuego de Dios que transforma nuestro corazón y nos hace capaces de ver a Dios y así de vivir según Dios y de vivir para el otro. Y el tercer punto. Los Padres nos dicen que también esta historia de un profeta es profética, si —dicen— es sombra del futuro, del futuro Cristo; es un paso en el camino hacia Cristo. Y nos dicen que aquí vemos el verdadero fuego de Dios: el amor que guía al Señor hasta la cruz, hasta el don total de sí. La verdadera adoración de Dios, entonces, es darse a sí mismo a Dios y a los hombres, la verdadera adoración es el amor. Y la verdadera adoración de Dios no destruye, sino que renueva, transforma. Ciertamente, el fuego de Dios, el fuego del amor quema, transforma, purifica, pero precisamente así no destruye, sino que crea la verdad de nuestro ser, recrea nuestro corazón. Y así realmente vivos por la gracia del fuego del Espíritu Santo, del amor de Dios, somos adoradores en espíritu y en verdad. Gracias.
 
 
Fuente: www.vatican.va

jueves, 2 de junio de 2011

Benedicto XVI: Enseñanos a orar II

BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL


Plaza de San Pedro
Miércoles 11 de mayo de 2011


Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quiero continuar la reflexión sobre la oración como algo intrínseco al hombre. Es verdad que Dios parece fuera del horizonte de muchos, pero al mismo tiempo, se ve un despertar del sentido religioso, que no ha desaparecido por más que tantos lo vaticinaban. Y es que el hombre, a pesar de haber perdido la semejanza con Dios por el pecado, conserva el deseo de Aquél que lo llama a la existencia. Todas la religiones testimonian esa búsqueda fundamental. Por eso no hay ninguna gran civilización que no haya sido religiosa. El hombre ha sido creado por Dios y para Dios. Tiene su imagen impresa en su ser y por eso anhela la luz que le permite responder al sentido profundo de la existencia, una respuesta que no está en las ciencias empíricas. Así, la oración es “expresión del deseo que el hombre tiene de Dios”. No una mera fórmula, sino una actitud, un estar delante de Dios. Radicada en lo más profundo de cada uno, es el lugar de la gratuidad, de la tensión hacia lo Inefable. Es un desafío, pues en ella el hombre toma conciencia de sí mismo y de su situación ante Dios, se pone de rodillas, incluso físicamente, pero no a la fuerza, como el esclavo, sino espontáneamente, reconociéndose débil y pecador, y dirige su mirada hacía el Misterio con esperanza. Es a la vez un don, pues es ante el Dios que se revela donde la respuesta del hombre se convierte en relación íntima con Él.

* * *

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los jóvenes de Guatapé, Colombia, así como a los grupos provenientes de España, México, Panamá, Argentina y otros países latinoamericanos. Os invito a que entrando en el silencio de vuestro interior aprendáis a reconocer la voz que os llama y os conduce a lo más intimo de vuestro ser, para abriros a Dios, que es Amor Infinito. Muchas gracias.
Fuente: www.vatican.va

Benedicto XVI: Enseñanos a orar



BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL


Plaza de San Pedro
Miércoles 4 de mayo de 2011


Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quiero comenzar una nueva serie de catequesis. Después de las catequesis sobre los Padres de la Iglesia, sobre los grandes teólogos de la Edad Media, y sobre las grandes mujeres, ahora quiero elegir un un tema que nos interesa mucho a todos: es el tema de la oración, de modo específico de la cristiana, es decir, la oración que Jesús nos enseñó y que la Iglesia sigue enseñándonos. De hecho, es en Jesús en quien el hombre se hace capaz de unirse a Dios con la profundidad y la intimidad de la relación de paternidad y de filiación. Por eso, juntamente con los primeros discípulos, nos dirigimos con humilde confianza al Maestro y le pedimos: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1).

En las próximas catequesis, acudiendo a las fuentes de la Sagrada Escritura, la gran tradición de los Padres de la Iglesia, de los maestros de espiritualidad y de la liturgia, queremos aprender a vivir aún más intensamente nuestra relación con el Señor, casi una «escuela de oración». En efecto, sabemos bien que la oración no se debe dar por descontada: hace falta aprender a orar, casi adquiriendo siempre de nuevo este arte; incluso quienes van muy adelantados en la vida espiritual sienten siempre la necesidad de entrar en la escuela de Jesús para aprender a orar con autenticidad. La primera lección nos la da el Señor con su ejemplo. Los Evangelios nos describen a Jesús en diálogo íntimo y constante con el Padre: es una comunión profunda de aquel que vino al mundo no para hacer su voluntad, sino la del Padre que lo envió para la salvación del hombre.

En esta primera catequesis, como introducción, quiero proponer algunos ejemplos de oración presentes en las antiguas culturas, para poner de relieve cómo, prácticamente siempre y por doquier, se han dirigido a Dios.

Comienzo por el antiguo Egipto, como ejemplo. Allí un hombre ciego, pidiendo a la divinidad que le restituyera la vista, atestigua algo universalmente humano, como es la pura y sencilla oración de petición hecha por quien se encuentra en medio del sufrimiento, y este hombre reza: «Mi corazón desea verte... Tú que me has hecho ver las tinieblas, crea la luz para mí. Que yo te vea. Inclina hacia mí tu rostro amado» (A. Barucq – F. Daumas, Hymnes et prières de l’Egypte ancienne, París 1980, trad. it. en Preghiere dell’umanità, Brescia 1993, p. 30). «Que yo te vea»: aquí está el núcleo de la oración.

En las religiones de Mesopotamia dominaba un sentido de culpa arcano y paralizador, pero no carecía de esperanza de rescate y liberación por parte de Dios. Así podemos apreciar esta súplica de un creyente de aquellos antiguos cultos, que dice así: «Oh Dios, que eres indulgente incluso en la culpa más grave, absuelve mi pecado... Mira, Señor, a tu siervo agotado, y sopla tu aliento sobre él: perdónalo sin dilación. Aligera tu castigo severo. Haz que yo, liberado de los lazos, vuelva a respirar; rompe mi cadena, líbrame de las ataduras» (M.-J. Seux, Hymnes et prières aux Dieux de Babylone et d’Assyrie, París 1976, trad. it. en Preghiere dell’umanità, op. cit., p. 37). Estas expresiones demuestran que el hombre, en su búsqueda de Dios, ha intuido, aunque sea confusamente, por una parte su culpa y, por otra, aspectos de misericordia y de bondad divina.

En el seno de la religión pagana de la antigua Grecia se produce una evolución muy significativa: las oraciones, aunque siguen invocando la ayuda divina para obtener el favor celestial en todas las circunstancias de la vida diaria y para conseguir beneficios materiales, se orientan progresivamente hacia peticiones más desinteresadas, que permiten al hombre creyente profundizar su relación con Dios y ser mejor. Por ejemplo, el gran filósofo Platón refiere una oración de su maestro, Sócrates, considerado con razón uno de los fundadores del pensamiento occidental. Sócrates rezaba así: «Haz que yo sea bello por dentro; que yo considere rico a quien es sabio y que sólo posea el dinero que puede tomar y llevar el sabio. No pido más» (Opere I. Fedro 279c, trad. it. P. Pucci, Bari 1966). Quisiera ser sobre todo bello por dentro y sabio, y no rico de dinero.

En esas excelsas obras maestras de la literatura de todos los tiempos que son las tragedias griegas, todavía hoy, después de veinticinco siglos, leídas, meditadas y representadas, se encuentran oraciones que expresan el deseo de conocer a Dios y de adorar su majestad. Una de ellas reza así: «Oh Zeus, soporte de la tierra y que sobre la tierra tienes tu asiento, ser inescrutable, quienquiera que tú seas —ya necesidad de la naturaleza o mente de los hombres—, a ti dirijo mis súplicas. Pues conduces todo lo mortal conforme a la justicia por caminos silenciosos» (Eurípides, Las Troyanas, 884-886, trad. it. G. Mancini, en Preghiere dell’umanità, op. cit., p. 54). Dios permanece un poco oculto, y aún así el hombre conoce a este Dios desconocido y reza a aquel que guía los caminos de la tierra.

También entre los romanos, que constituyeron el gran imperio en el que nació y se difundió en gran parte el cristianismo de los orígenes, la oración, aun asociada a una concepción utilitarista y fundamentalmente vinculada a la petición de protección divina sobre la vida de la comunidad civil, se abre a veces a invocaciones admirables por el fervor de la piedad personal, que se transforma en alabanza y acción de gracias. Lo atestigua un autor del África romana del siglo ii después de Cristo, Apuleyo. En sus escritos manifiesta la insatisfacción de los contemporáneos respecto a la religión tradicional y el deseo de una relación más auténtica con Dios. En su obra maestra, titulada Las metamorfosis, un creyente se dirige a una divinidad femenina con estas palabras: «Tú sí eres santa; tú eres en todo tiempo salvadora de la especie humana; tú, en tu generosidad, prestas siempre ayuda a los mortales; tú ofreces a los miserables en dificultades el dulce afecto que puede tener una madre. Ni día ni noche ni instante alguno, por breve que sea, pasa sin que tú lo colmes de tus beneficios» (Apuleyo de Madaura, Metamorfosis IX, 25, trad. it. C. Annaratone, en Preghiere dell’umanità, op. cit., p. 79).

En ese mismo tiempo, el emperador Marco Aurelio —que también era filósofo pensador de la condición humana— afirma la necesidad de rezar para entablar una cooperación provechosa entre acción divina y acción humana. En su obra Recuerdos escribe: «¿Quién te ha dicho que los dioses no nos ayudan incluso en lo que depende de nosotros? Comienza, por tanto, a rezarles y verás» (Dictionnaire de spiritualitè XII/2, col. 2213). Este consejo del emperador filósofo fue puesto en práctica efectivamente por innumerables generaciones de hombres antes de Cristo, demostrando así que la vida humana sin la oración, que abre nuestra existencia al misterio de Dios, queda privada de sentido y de referencia. De hecho, en toda oración se expresa siempre la verdad de la criatura humana, que por una parte experimenta debilidad e indigencia, y por eso pide ayuda al cielo, y por otra está dotada de una dignidad extraordinaria, porque, preparándose a acoger la Revelación divina, se descubre capaz de entrar en comunión con Dios.

Queridos amigos, en estos ejemplos de oraciones de las diversas épocas y civilizaciones se constata la conciencia que tiene el ser humano de su condición de criatura y de su dependencia de Otro superior a él y fuente de todo bien. El hombre de todos los tiempos reza porque no puede menos de preguntarse cuál es el sentido de su existencia, que permanece oscuro y desalentador si no se pone en relación con el misterio de Dios y de su designio sobre el mundo. La vida humana es un entrelazamiento de bien y mal, de sufrimiento inmerecido y de alegría y belleza, que de modo espontáneo e irresistible nos impulsa a pedir a Dios aquella luz y aquella fuerza interiores que nos socorran en la tierra y abran una esperanza que vaya más allá de los confines de la muerte. Las religiones paganas son una invocación que desde la tierra espera una palabra del cielo. Uno de los últimos grandes filósofos paganos, que vivió ya en plena época cristiana, Proclo de Constantinopla, da voz a esta espera, diciendo: «Inconoscible, nadie te contiene. Todo lo que pensamos te pertenece. De ti vienen nuestros males y nuestros bienes. De ti dependen todos nuestros anhelos, oh Inefable, a quien nuestras almas sienten presente, elevando a ti un himno de silencio» (Hymni, ed. E. Vogt, Wiesbaden 1957, en Preghiere dell’umanità, op. cit., p. 61).

En los ejemplos de oración de las diversas culturas, que hemos considerado, podemos ver un testimonio de la dimensión religiosa y del deseo de Dios inscrito en el corazón de todo hombre, que tienen su cumplimiento y expresión plena en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. La Revelación, en efecto, purifica y lleva a su plenitud el originario anhelo del hombre a Dios, ofreciéndole, en la oración, la posibilidad de una relación más profunda con el Padre celestial.

Al inicio de nuestro camino «en la escuela de la oración», pidamos pues al Señor que ilumine nuestra mente y nuestro corazón para que la relación con él en la oración sea cada vez más intensa, afectuosa y constante. Digámosle una vez más: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1).

Fuente: www.vatican.va

martes, 30 de noviembre de 2010

La oración según el Santo Cura de Ars

Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto, nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro.

El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.

La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable.

En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre criatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.

Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con Él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada.

Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo.

En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol.

Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y creedme, que el tiempo se me hacía corto.

Hay personas que se sumergen totalmente en la oración como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no esta dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y Santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con del mismo modo que hablamos entre nosotros.

Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la Iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: "Sólo dos palabras, para deshacerme de ti..." Muchas veces pienso que cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro.
Fuente: http://catolicidad-catolicidad.blogspot.com

martes, 9 de noviembre de 2010

Oracion de entrega al Espiritu Santo: implorando sus dones y frutos

Espíritu Santo, Dios eterno, cuya gloria llena los cielos y la tierra, heme aquí postrado humildemente en tu presencia. Te ofrezco y te hago entrega de mi cuerpo y de mi alma. Adoro el resplandor de tu pureza, de tu justicia inmutable y del poder de tu amor.

No permitas que te ofenda o resista a las inspiraciones de tu gracia; antes bien dirige mi entendimiento, a fin de que escuche dócilmente la voz de tus inspiraciones y las siga, hallando en tu misericordia un amparo contra mi debilidad.

Espíritu de Sabiduría, domina todos mis pensamientos, palabras y obras.

Espíritu de Entendimiento, ilumíname e instrúyeme.

Espíritu de Consejo, guíame en mi inexperiencia.

Espíritu de Ciencia, ahuyenta mi ignorancia.

Espíritu de Fortaleza, hazme perseverante en el servicio de Dios; dame fuerzas para proceder en todo con bondad y benevolencia, con mansedumbre y sinceridad, con paciencia y caridad, con alegría y longanimidad.

Espíritu de Piedad, hazme afectuoso y filial en mis relaciones con Dios.

Espíritu del Santo Temor de Dios, líbrame de todo mal.
Espíritu de Paz, dame tu paz.

Espíritu de Santidad, adorna con las celestiales virtudes de pureza y modestia el templo que has elegido por tu morada y preserva siempre mi alma, con tu gracia omnipotente, de la ruina del pecado. Amen.


Oración bíblica al Espíritu Santo

Espíritu Santo,
haznos verdaderamente espirituales en Ti, Col 1,9
Sométenos a tu influencia y habita en nuestras almas, 1 Cor 2,12
anima nuestros cuerpos, 1 Cor 15,44
vivifica todas nuestras obras, 1 Cor 2,13
pronuncia Tú nuestra plegaria, Ef 5,19
para que seamos hijos del Padre Ef 4,6
y hermanos de Cristo, nuestro Salvador. Rom 8,29
Amén.



Fuente: http://www.corazones.org

jueves, 8 de julio de 2010

Lo "fácil" de la oración

Ayer recordábamos las tres normas para predicar o dar catequesis: rezar, estudiar y amar. ¡Qué buena síntesis!

Tal vez alguien -de los "superocupados", de los que son "muy pastorales ellos"- pensará que lo de "orar" no es para tanto, ni es tan importante: lo importante son las reuniones, el estar en el bar para estar con la gente, organizar una "chocolatada" y un teatrito... y verán pérdida de tiempo tanto el estudiar como el orar. Una lástima, claro, porque luego se nota y repercute en todo.

Centrémonos hoy en un punto: la oración. ¿Tan difícil es? ¿Nos cuesta tanto conversar con Cristo en el Sagrario? ¿Tanta "pastoral" hay que luego no hay tiempo de estar "con el Señor de toda pastoral", con el Buen Pastor?

Pues para todos vendrá bien -empecemos por los sacerdotes "tan pastoralistas"- la sencillez de la oración.


"¿No es cosa difícil? ¿No está vedado a los rudos, a los ocupados, a los activos? ¿No es de sólo los escogidos o de los moradores de los claustros? ¿No ha menester estudios o preparativos prolijos? ¿Cómo se ora?...

La simple exposición de esos cuadros convencerá a los que los contemplen de dos cosas: la primera, que el orar es hablar a Dios con el corazón, y, por tanto, cosa sumamente fácil y al alcance de todos, ilustrados y rudos, mayores y chicos, buenos y malos, pues todos tienen boca y corazón; y la segunda, que toda oración se compone de dos elementos: uno humano, el conocimiento de nuestra indigencia absoluta en cuanto al alma y en cuanto al cuerpo, y otro divino, la fe y la confianza sobrenaturales en el amor misericordioso y omnipotente de Dios que quiere y puede y ha prometido socorrer nuestra indigencia; o, más breve: oración es la fe y la confianza poniendo en comunicación y en curación la gran miseria humana con la gran misericordia divina.

Eso es toda oración: la miseria de rodillas, con las manos extendidas y la boca abierta, ante la Misericordia omnipotente del Corazón de Dios. Ésa es, en la esencia, la oración del santo más contemplativo como la del cristiano más vulgar e interesado
”.


Beato D. Manuel González, Oremos en el Sagrario,
en O.C., Vol. I, nn. 892-893.

Fuente: http://corazoneucaristicodejesus.blogspot.com

miércoles, 7 de julio de 2010

¿Hay oraciones no escuchadas?

Hemos rezado, hemos suplicado, hemos invocado la ayuda de Dios. Por un familiar, por un amigo, por la Iglesia, por el párroco, por los agonizantes, por la patria, por los enemigos, por los pobres, por el mundo entero.

También hemos pedido por las propias necesidades: para vencer un pecado que nos debilita, para limpiar el corazón de rencores profundos, para conseguir un empleo, para descubrir cuál sea la Voluntad de Dios en nuestra vida.

Escuchamos o leemos casos muy hermosos de oraciones acogidas por Dios. Un enfermo que se cura desde las súplicas de familiares y de amigos. Un pecador que se convierte antes de morir gracias a las oraciones de santa Teresa del Niño Jesús y de otras almas buenas. Una victoria “política” a favor de la vida después de superar dificultades que parecían graníticas.

Pero otras veces, miles, millones de personas, sienten que sus peticiones no fueron escuchadas. No consiguen que Dios detenga una ley inicua que permitirá el aborto de miles de hijos. No logran que se supere una fuerte crisis ni que encuentren trabajo tantas personas necesitadas. No llevan a un matrimonio en conflicto a superar sus continuos choques. No alcanzan la salud de un hijo muy querido que muere ante las lágrimas de sus padres, familiares y amigos.

En el Antiguo Testamento encontramos varios relatos de oraciones “no escuchadas”. Uno nos presenta al pueblo de Israel antes de una batalla con los filisteos. Tras una primera derrota militar, Israel no sabía qué hacer. Decidieron traer al campamento el Arca de la Alianza. Los filisteos temieron, pero optaron por trabar batalla, y derrotaron a los judíos. Incluso el Arca fue capturada (cf. 1Sam 4,1-11).

Otro relato es el que nos presenta cómo el rey David suplica y ayuna por la vida del niño que ha tenido tras su adulterio con Betsabé. El hijo, tras varios días de enfermedad, muere, como si Dios no hubiera atendido las oraciones del famoso rey de Israel (cf. 2Sam 12,15-23).

El Nuevo Testamento ofrece numerosos relatos de oraciones escuchadas. Cristo actúa con el dedo de Dios, y con sus curaciones y milagros atestigua la llegada del Mesías. Por eso, ante la pregunta de los enviados de Juan el Bautista que desean saber si es o no es el que tenía que llegar, Jesús responde: “Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!” (Lc 7,22-23).

Pero también leemos cómo la oración en el Huerto de los Olivos, en la que el Hijo pide al Padre que le libre del cáliz, parecería no haber sido escuchada (cf. Lc 22,40-46). Jesús experimenta así, en su Humanidad santa, lo que significa desear y pedir algo y no “conseguirlo”.

Entonces, ¿hay oraciones que no son escuchadas? ¿Es posible que Jesús nos haya enseñado que si pedimos, conseguiremos (cf. Lc 11,1-13), pero luego vemos que las cosas suceden de una manera muy distinta?

En la carta de Santiago encontramos una pista de respuesta: “Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones” (Sant 4,3). Esta respuesta, sin embargo, sirve para aquellas peticiones que nacen no de deseos buenos, sino de la avaricia, de la esclavitud de las pasiones. ¿Cómo puede escuchar Dios la oración de quien reza para ganar la lotería para vivir holgadamente y con todos sus caprichos satisfechos?

Pero hay muchos casos en los que pedimos cosas buenas. ¿Por qué una madre y un padre que rezan para que el hijo deje la droga no perciben ningún cambio aparente? ¿Por qué unos niños que rezan un día sí y otro también no logran que sus padres se reconcilien, y tienen que llorar amargamente porque un día se divorcian? ¿Por qué un político bueno y honesto reza por la paz para su patria y ve un día que la conquistan los ejércitos de un tirano opresor?

Las situaciones de “no escucha” ante peticiones buenas son muchísimas. El corazón puede sentir, entonces, una pena profunda, un desánimo intenso, ante el silencio aparente de un Dios que no defiende a los inocentes ni da el castigo adecuado a los culpables.

Hay momentos en los que preguntamos, como el salmista: “¿Se ha agotado para siempre su amor? / ¿Se acabó la Palabra para todas las edades? / ¿Se habrá olvidado Dios de ser clemente, / habrá cerrado de ira sus entrañas?” (Sal 77,9-11).

Sin embargo, el “silencio de Dios” que permite el avance aparente del mal en el mundo, ha sido ya superado por la gran respuesta de la Pascua. Si es verdad que Cristo pasó por la Cruz mientras su Padre guardaba silencio, también es verdad que por su obediencia Cristo fue escuchado y ha vencido a la muerte, al dolor, al mal, al pecado (cf. Heb 5,7-10).

Nos cuesta entrar en ese misterio de la oración “no escuchada”. Se trata de confiar hasta el heroísmo, cuando el dolor penetra en lo más hondo del alma porque vemos cómo el sufrimiento hiere nuestra vida o la vida de aquellos seres que más amamos.

En esas ocasiones necesitamos recordar que no hay lágrimas perdidas para el corazón del Padre que sabe lo que es mejor para cada uno de sus hijos. El momento del “silencio de Dios” se convierte, desde la gracia de Cristo, en el momento del sí del creyente que confía más allá de la prueba.

Entonces se produce un milagro quizá mayor que el de una curación muy deseada: el del alma que acepta la Voluntad del Padre y que repite, como Jesús, las palabras que decidieron la salvación del mundo: “no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42).



Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

sábado, 16 de enero de 2010

CELAM pide solidaridad y oraciones para haitianos

BOGOTÁ, 16 Ene. 10 / 03:15 am (ACI) El Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), llamó a las Conferencias Episcopales de América Latina y el Caribe a promover “desde los organismos sociales y caritativos, una presencia solidaria de la Iglesia y de la Sociedad con el pueblo haitiano”.

En un comunicado, exhortó también a unirse en oración “desde la realidad de nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños, siguiendo el llamado del Santo Padre Benedicto XVI”, asegurándole al pueblo haitiano “nuestra cercanía humana y espiritual”.

El CELAM lamentó el fallecimiento del Arzobispo de Puerto Príncipe, Mons. Joseph Serge Miot; y de la Doctora Zilda Arns, de Brasil, fundadora y coordinadora internacional de pastoral infantil y fundadora de pastoral de la persona anciana, quien se encontraba en labores humanitarias en Haití.

“Desde los Departamentos y Centros del CELAM nos proponemos impulsar mecanismos de comunión, de solidaridad y de ayuda en los diversos campos de la atención a emergencias, de la promoción humana y del acompañamiento espiritual y pastoral”, indicó.

Finalmente, pidió a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Patrona de Haití, para que consuele y fortalezca a las familias “que han perdido a sus seres queridos y que sufren situaciones de miseria y dolor”.



Fuente: ACIPrensa

La caridad ingeniosa, atrevida y efectiva de María

LAS BODAS DE CANÁ

Composición de Lugar: María recibió una invitación para acudir a unas bodas que se celebraban en Caná de Galilea. Unas bodas, en Palestina y entre los judíos, era un acontecimiento importante y revestía un carácter religioso, pues era el medio de perpetuar la raza hasta la plenitud de los tiempos, es decir, hasta los días del Mesías. Los contrayentes eran amigos, parientes quizá, y María aceptó la invitación y acudió a Caná. Fue también invitado Jesús con sus discípulos, y de nuevo se encontraron reunidos, siquiera fuese transitoriamente y por breve tiempo, Madre e Hijo. Y, ¿qué pasó? Vayamos también nosotros a Caná, pues hemos sido invitados con María y Jesús.

Petición: Señor, dame ojos y corazón para intuir las necesidades de mi prójimo y en la medida de mis posibilidades, ayúdame a solucionarlas, a ejemplo de María, que con su poderosa intercesión logró alegrar ese momento hermoso con el vino nuevo de su Hijo.

Fruto: Tener los ojos abiertos a las necesidades de mi prójimo. Tener el corazón listo para conmoverme y las manos listas para ayudar.

Puntos: Veamos los detalles de caridad de María en Caná.


1. María estaba invitada: quien vive en la caridad y con caridad siempre es querido en todas partes y, por lo mismo, fácilmente es invitado a estos eventos alegres, humanos y sociales. Y allá fue, porque el amor trata de difundirse por todas partes. ¿Cómo no compartir la alegría de los demás y felicitarles por esta boda? Ella, la madre de Jesús, no podía despreciar estas alegrías humanas, como tampoco lo hará después Jesús, su Hijo. En muchos otros lugares de los Evangelios vemos a Jesús compartiendo banquetes, tanto que los fariseos se escandalizan de eso e incluso algunos le llaman “comilón y bebedor”. ¡Habráse visto! El corazón mezquino que no rebosa amor se escandaliza de que el otro ame y derrame su amor.

Sí, María fue invitada. Pero, ¿en verdad fue a comer y aprovecharse del banquete? El que fuera la primera que captara la insuficiente cantidad de vino sugiere que “estaba en todo”, y esto supone atención, actitud observadora, pensar en lo que ocurre y no en sí misma. ¡Otra vez, la caridad, amor al prójimo! Sí, lo opuesto al egoísmo y a buscar la propia satisfacción. Quien se deja llevar por el impulso natural en sus relaciones sociales corre el peligro de ser imprudente y pecar por exceso o por defecto; está abocado a vivir para sí y no para los demás; a dejarse llevar por el egoísmo en lugar de ejercer la caridad y el amor al prójimo. No hubiera sido igual en esa boda sin la presencia de María. El amor todo lo transforma, incluso las situaciones adversas. La caridad no deja indiferente el ambiente en que está. Al contrario caldea el ambiente en que vive y alegra la vida de quienes están a su alrededor.

Quien tiene amor aumenta el grado de felicidad de los demás en la tierra. Basta una sonrisa, una palabra de aliento, un gesto de servicio. ¿Qué hizo María? ¿Qué hubiera hecho yo en su lugar: reclamar, protestar contra los novios y los servidores?


2. Se acabó el vino y María dijo a Jesús: “no tienen vino”. Aquí está el amor de María, amasado de sencillez y de fe. Sea por la afluencia de invitados, sea por error de cálculo, llegó un momento en que el vino comenzó a escasear de tal manera que era fácil prever su insuficiencia para el tiempo que todavía había de durar la fiesta. Esto era grave, porque el apuro iba a ser tal, cuando se descubriera, que bastaba para amargar a los novios el recuerdo de su boda, que se iba a convertir en regocijado comentario del pueblo durante mucho tiempo. Y aquí interviene María con su caridad intuitiva, ingeniosa y efectiva. Esto quiere decir que andaba discretamente pendiente del servicio, ayudando quizá, sin inmiscuirse en lo que era tarea propia de maestresala. En cuanto vio esto, pensó en el modo de remediarlo. Pensó en la violencia de la situación de los novios. Su bondad le llevó a compadecerse de ellos y a buscar un remedio. Ella sabía que no podía realizar un milagro, pero sabía que su Hijo sí podía. El amor intuye y se adelanta y se cree con confianza para pedir a Dios la solución. ¡Es la madre! Y comunica su preocupación a su Hijo.

María se dirige a Jesús como a su Hijo, pero Jesús le contesta como Mesías: no ha venido a remediar problemas materiales, pues es muy otra la misión que ha recibido del Padre. Aclarado esto, no tiene inconveniente en adelantar su hora: la de hacer un milagro que ponga de manifiesto su poder y dé testimonio de su divinidad. El amor todo lo puede. El amor abre el corazón de Dios. El amor humilde y confiado de María realizó lo que nadie podría hacer en ese momento: convertir el agua en vino. “No tienen vida”, ¡qué oración tan sencilla de María! Ella expone la necesidad con la simplicidad de un niño. Los niños más que pedir, exponen, y no es necesario más porque la compenetración es tan grande que los papás saben perfectamente todo lo que la frase del niño encierra, y es para ellos más clara que un largo discurso. María, siendo la más perfecta de las criaturas, o mejor todavía, la criatura perfecta, su oración, sin duda, es la más perfecta de las oraciones, la mejor hecha, la que reúne todas las cualidades en su máxima profundidad. Es el amor quien hace nuestra oración sencilla, sin rebuscamientos ni artificios. ¿Si nosotros no conseguimos de Dios lo que le pedimos no será porque nos falta sencillez en nuestra oración? Y si nos falta sencillez, ¿no será porque estamos faltos de amor en el corazón? Sólo un corazón que ama sabe ser sencillo al pedir y todo lo consigue. Como María. ¡Qué complicados somos los hombres a veces en nuestras relaciones con Dios y con los demás! Aprendamos de María.


3. “Haced lo que Él os diga”. Es el amor de María lleno de confianza y humildad. La mirada suplicante, confiada, sonriente y amorosa de la Virgen no podía ser indiferente a Jesús en ningún caso. María obró con la seguridad de quien sabe lo que hace, pues el amor da seguridad y abre las puertas del corazón de Dios. Se acercó a los sirvientes y les dio unas instrucciones muy sencillas: “Haced lo que Él os diga”. Tras esto, la Virgen vuelve a confundirse entre los convidados. Sólo el que ama a Dios, ama a los demás y se consume viendo cómo, por no poseerlo, no son felices. Esta vibración interior es lo que lleva a acercarles a Dios, pero sin artificios ni convencionalismo, sin acosos ni insistencias, con la tenacidad propia del amor, pero con su suavidad, haciendo que acaben queriendo, abriéndoles horizontes que tienen cerrados. “Haced lo que Él os diga”: es el imperativo que lanza quien ama, porque conoce a quien es el Amor supremo. El amor aquí se hace humilde: Él es quien cuenta, no yo. Sólo Él es el Salvador y Mesías. Pero su humildad sabe dar el tono y matiz preciso a su imperativo. La oración que nace de la humildad siempre será escuchada y casi “obliga” a Dios a escuchar y hacer caso. Lo que da intensidad a una oración, lo que hace poner en ella toda el alma es la necesidad, y nadie como el humilde puede percibir hasta qué punto está necesitado de que Dios se compadezca de su impotencia, hasta qué punto depende de Él, hasta qué extremo límite es cierto que el hombre puede plantar y regar, pero que es Dios quien da el incremento (cf 1 Cor 3, 6-7), es Dios quien puede convertir esa agua en vino.

Quien no ama no es humilde. Quien no es humilde trata a Dios con prepotencia y egoísmo, y lo usa para que resuelva los problemas que nosotros mismos nos hemos planteado o sacarnos de los atolladeros en que tercamente nos hemos metido. Pero María es humilde. Expone el problema y la necesidad y deja todo en las manos de su Hijo.

Deja a Cristo el campo totalmente libre para que haga sin compromisos ni violencias su voluntad, pero es porque Ella estaba segura de que su voluntad era lo más perfecto que podía hacerse y de verdad resolvería el asunto. María confía en la sabiduría de su Hijo, en su superior conocimiento, en su visión más amplia y profunda de las cosas que abarca aspectos y circunstancias que Ella podía, quizá, desconocer. La fe y la humildad deja a Dios comprometido con más fuerza que los argumentos más sagaces y contundentes. “Haced lo que Él os diga”: ¡Qué conciencia tiene María de que su Hijo es el Señor y es quien debe mandar y ordenar, y no ella! Nos pide que siempre escuchemos a su Hijo y después que hagamos lo que Él nos diga. El amor escucha y hace lo que dice y pide el Amor con mayúscula. Hacer lo que Cristo nos dice es obedecer. Por tanto el amor termina siempre en obediencia. Lo que María nos dice aquí es que obedezcamos, que pongamos toda nuestra personal iniciativa, no en hacer lo que se nos ocurra, sino al servicio de lo que Él nos indique. Como Ella, que fue siempre obediente.

Quien no ama, protesta y no obedece con alegría. Por tanto, este amor de María en Caná desemboca en obediencia a Cristo. No es un amor que se queda sólo a nivel de sentimientos y emociones, o de soluciones más o menos hermosas. El amor tiene que ser acrisolado por la obediencia. Con la obediencia hemos encontrado lo único necesario y todo lo demás viene resuelto como consecuencia. Y la obediencia consiste en cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida. Y fue esta obediencia de María y de los servidores quien hizo que Cristo obrase el milagro. Y no fue fácil lo que Cristo les mandó: “Llenen de agua esas tinajas” ¿No será esto absurdo? Los servidores no protestan ni reclaman ni cuestionan. Obedecen, simplemente. Y obedecieron inmediatamente. Y obedecieron hasta el final, llenando las tinajas hasta arriba. No puede obedecerse a medias.


Preguntas para reflexionar:

· ¿Qué me impide ver las necesidades de los demás: mi maldito egoísmo que me ciega, mi corazón duro y soberbio, mis manos cerradas y ociosas?
 
· ¿Pido a Jesús por las necesidades del mundo, de la Iglesia y de las familias? ¿O sólo pido por mí y mis cosas? ¿Pido, como María, con fe, con humildad, con amor, con confianza, con obediencia?
 
· ¿Tengo el vino de mi caridad dulce y oloroso para compartir con los demás, o está ya picado y avinagrado por mi egoísmo y orgullo?



Autor: P Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net

martes, 12 de enero de 2010

¿Cuántas veces hay que orar? Jesús responde: ¡Siempre!

En aquel tiempo, Jesús les decía una parábola a sus discípulos para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer. La parábola es la de la viuda inoportuna. A la pregunta: «¿Cuántas veces hay que orar?», Jesús responde: ¡Siempre!

La oración, como el amor, no soporta el cálculo de las veces. ¿Hay que preguntarse tal vez cuántas veces al día una mamá ama a su niño, o un amigo a su amigo? Se puede amar con grandes diferencias de conciencia, pero no a intervalos más o menos regulares. Así es también la oración.

Este ideal de oración continua se ha llevado cabo, en diversas formas, tanto en Oriente como en Occidente. La espiritualidad oriental la ha practicado con la llamada oración de Jesús: «Señor Jesucristo, ¡ten piedad de mí!». Occidente ha formulado el principio de una oración continua, pero de forma más dúctil, tanto como para poderse proponer a todos, no sólo a aquellos que hacen profesión explícita de vida monástica. San Agustín dice que la esencia de la oración es el deseo. Si continuo es el deseo de Dios, continua es también la oración, mientras que si falta el deseo interior, se puede gritar cuanto se quiera; para Dios estamos mudos. Este deseo secreto de Dios, hecho de recuerdo, de necesidad de infinito, de nostalgia de Dios, puede permanecer vivo incluso mientras se está obligado a realizar otras cosas: «Orar largamente no equivale a estar mucho tiempo de rodillas o con las manos juntas o diciendo muchas palabras. Consiste más bien en suscitar un continuo y devoto impulso del corazón hacia Aquél a quien invocamos».

Jesús nos ha dado Él mismo el ejemplo de la oración incesante. De Él se dice en los evangelios que oraba de día, al caer de la tarde, por la mañana temprano y que pasaba a veces toda la noche en oración. La oración era el tejido conectivo de toda su vida.

Pero el ejemplo de Cristo nos dice también otra cosa importante. Es ilusorio pensar que se puede orar siempre, hacer de la oración una especie de respiración constante del alma incluso en medio de las actividades cotidianas, si no reservamos también tiempos fijos en los que se espera a la oración, libres de cualquier otra preocupación. Aquel Jesús a quien vemos orar siempre es el mismo que, como todo judío de su tiempo, tres veces al día –al salir el sol, en la tarde durante los sacrificios del templo y en la puesta de sol-- se detenía, se orientaba hacia el templo de Jerusalén y recitaba las oraciones rituales, entre ellas el Shema Israel, Escucha Israel. El Sábado participa también Él, con los discípulos, en el culto de la sinagoga y varios episodios evangélicos suceden precisamente en este contexto.

La Iglesia igualmente ha fijado, se puede decir que desde el primer momento de vida, un día especial para dedicar al culto y a la oración, el domingo. Todos sabemos en qué se ha convertido, lamentablemente, el domingo en nuestra sociedad; el deporte, en particular el fútbol, de ser un factor de entretenimiento y distensión, se ha transformado en algo que con frecuencia envenena el domingo... Debemos hacer lo posible para que este día vuelva a ser, como estaba en la intención de Dios al mandar el descanso festivo, una jornada de serena alegría que consolida nuestra comunión con Dios y entre nosotros, en la familia y en la sociedad.

Es un estímulo para nosotros, cristianos modernos, recordar las palabras que los mártires Saturnino y sus compañeros dirigieron, en el año 305, al juez romano que les había mandado arrestar por haber participado en la reunión dominical: «El cristiano no puede vivir sin la Eucaristía dominical. ¿No sabes que el cristiano existe para la Eucaristía y la Eucaristía para el cristiano?».

Autor: P. Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia | Fuente: Catholic.net