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lunes, 5 de diciembre de 2011

Jesucristo, Señor de la Historia

Si la Resurrección es la prueba suprema y oficial de la divinidad de Cristo, existen otras de no menor valor; entre éstas ocupan el primer lugar las profecías del Antiguo Testamento. Para la Iglesia primitiva éstas tuvieron un enorme valor, pues era la mejor manera de probar a los judíos que Jesús era el Mesías. El mismo Jesús usó este método en sus discusiones con los fariseos: "Escudriñad las Escrituras ya que en ellas esperáis tener la vida eterna; ellas testifican de mí" (Jn. 5, 39).

El pueblo hebreo tenía, y aún conserva, la Biblia, colección de libros escritos en tiempos y lugares diversos, completa ya en el siglo tercero antes de Jesucristo, cuando fue traducida al griego por un grupo de sabios alejandrinos. Aunque cada libro estaba escrito por un autor determinado, los hebreos atribuían su origen a Dios y los citaban sin distinción con la expresión general: "dice la Escritura". Para ellos la Escritura era un libro inspirado, es decir, escrito por autores humanos bajo el influjo inmediato de Dios que se servía de ellos para comunicar a los hombres su palabra. Junto a este valor sagrado, la Biblia era la fuente principal de la historia hebrea, donde estaban registrados los privilegios excepcionales concedidos por Dios al pueblo elegido; la historia de los patriarcas, de los reyes, de los profetas que en el curso de los siglos habían guiado a Israel al cumplimiento de la misión confiada por Dios. La Biblia destaca claramente entre otros textos religiosos de la antigüedad por la pureza de su monoteísmo y la exquisitez de su moral.

Otro aspecto único del Antiguo Testamento es el mesianismo, la expectativa de un enviado del cielo que vendría a iniciar una nueva época en las relaciones de Dios con la humanidad. A través de la Escritura la personalidad del Mesías se va delineando cada vez más claramente para permitir que el pueblo elegido lo pueda reconocer en el momento en que aparezca en el mundo.


Los profetas describen al Mesías así:


Familia

Será un hijo de Adán y vendrá a reparar el pecado de desobediencia que ellos cometieron en el paraíso terrenal (Gen. 3, 15); será descendiente también de Abraham (22,16), de Isaac (26, 4), de Jacob (28,14), de Judá (49, 8-10), de David (II Sam. 7, 11-13).


Tiempo en que nacerá

Vendrá antes que el cetro de Judá pase a otros pueblos (Gen. 49, 8-10), antes de la destrucción del templo (Ag. 2, 7-8). El profeta Daniel lo determina con precisión, ya que su profecía coincidió con la época de Jesús cuando la expectativa del Mesías era general (Dan. 9, 24-27). Esto también lo afirman Flavio Josefo (Guerra Judía, V,13), Suetonio (Vespasiano 4), Tácito (Historia, V, 13).


La Madre

Nacerá de una virgen (Is. 7,14), pero, aunque nazca de una virgen, fue engendrado en el seno mismo de Dios antes que existiese la luz (Sal. 109, 3).


Lugar de nacimiento

En Belén de Judá (Miq. 5, 2).


El Precursor

Juan el Bautista. El Mesías tendrá un precursor (Mal. 3,1); que predicará a lo largo de la ribera del Jordán, en la región de Galilea (Is. 9, 12).


Su vida

Maestro y profeta (Deut. 18, 15).

Legislador y portador de una nueva alianza entre Dios y los hombres (Is. 55, 3-4).

Sacerdote víctima (Is. 52, 15; 53). Manso y humilde (Is. 11, 1-5).

Salvador de la humanidad y piedra de escándalo (Is. 8, 14).

Sobre él reposará el espíritu del Señor (Is. 11, 2).

Poderoso en milagros (Is. 35, 4-6).

Entrará triunfante en Jerusalén (Zac. 9,9).


Pasión y muerte

Vendido por treinta monedas (Zac. 11, 12); flagelado y escupido en el rostro (Is. 50, 6); taladradas las manos y el costado (Sal. 21, 17-18); le darán hiel como bebida (Sal. 68, 22); burlado (Sal. 21, 8-9); sortearán sus vestidos (Sal. 21, 19); lo crucificarán (Zac. 12, 10); su cuerpo no estará sujeto a la corrupción (Sal. 15, 9-11); tendrá un sepulcro glorioso (Is. 53, 9); se sentará a la derecha de Dios (Sal. 109, 1).


Profecías del Reino

Preanuncian el principio de una nueva alianza entre Dios y el hombre, suplantando la antigua entre Dios e Israel (Dan. 9, 24-27); comenzará en Jerusalén (Miq. 4, 2); representará la victoria del monoteísmo (Zac. 13,2; Is. 2, 2-4; Miq. 4, 1-5); no se limitará sólo al pueblo hebreo, sino que será universal (Is. 11,10; 49,6; Mal.1, 11); será un reino espiritual (Sal. 71,7; Is. 4, 2-6; Dan. 7, 27); con sacerdotes y maestros por todo el mundo (Is. 66, 21; Jer. 3, 15); con un sacrificio universal (Mal. 1 11); y, por último, aniquilará las potencias adversas (Sal. 2, 1-4; Is. 54, 17; Dan. 2, 44).

Todas estas profecías se encuentran en los libros escritos tres siglos antes de Cristo.

Basta con abrir los evangelios para saber que todas las profecías se cumplieron en Cristo. Jesús es de la familia de David (Mt. 1,18-23), nació de una virgen (Lc. 1, 27), en Belén de Judá (2, 4-7), tuvo un precursor que fue Juan Bautista (Jn. 1, 15), realizó milagros de todo género (Mt. 11, 5 ss.). Todas las profecías de su pasión se cumplieron a la letra, y lo mismo sucedió con las profecías de su Reino.

Durante su vida Jesús es perfectamente consciente de ser el objeto y realizar las profecías del Antiguo Testamento. Al leer algunos versículos de Isaías en la sinagoga de Nazaret, afirma: "Hoy se está cumpliendo ante vosotros esta escritura" (Lc. 4, 21). A los fariseos que rehusan creer en El, les dice: "Escudriñad las Escrituras ya que en ellas esperáis tener la vida eterna; ellas testifican de mí" (Jn. 5, 39). El evangelista Mateo se propone en su evangelio demostrar la mesianidad de Jesús basándose en las profecías del Antiguo Testamento. Algunos racionalistas tratan de probar que Jesús se trató de acomodar a las profecías, pero esto es imposible en cuanto que el cumplimiento de muchas de ellas no podía depender de ningún modo de su voluntad, como la concepción virginal, el nacimiento en Belén, la traición por treinta monedas, la crucifixión, la resurrección, la incredulidad de los judíos y la conversión de los paganos. Sobre todo, ¿cómo podría un simple hombre obrar milagros para adaptarse a las profecías?

Las profecías no pueden ser únicamente simples aspiraciones del hombre, son demasiado determinadas y concretas. Sólo Dios pudo dar a conocer a los profetas lo que predijeron de Cristo, porque solamente Dios conoce el futuro libre.

Jesús no solamente fue objeto de profecías, sino también sujeto, El mismo es un profeta. Predijo su propia pasión y muerte (Mt.16,21-23), la traición de Judas (Mt. 26, 21-25), la triple negación de Pedro (26, 30-35) y su martirio (Jn. 21, 18-19), la gloria de la Magdalena (Mt. 26, 13), la huida de los discípulos durante la Pasión (26, 31), las persecuciones que padecerían después de su muerte (10, 17-23; Mc. 13, 9-13), los milagros que harían en su nombre (16, 17). Predijo además la conversión de los paganos (Mt.8, 11), la predicación del evangelio en todo el mundo (24, 14), la permanencia de la Iglesia hasta el fin de los siglos (28, 20), la aparición en su seno de herejías y separaciones (7, 15-22), la destrucción de Jerusalén (24, 1 ss.). Todas estas profecías se realizaron con exactitud.

Jesús no domina solamente el futuro, también el presente. Conoce lo que está en la mente y en el corazón de los que le rodean. Conoce toda la vida de la samaritana en los detalles más íntimos (Jn. 4, 18 ss.); sin conocer a Natanael sabe que es un israelita sincero (Jn. 1,47-51); penetra el pensamiento de escribas y fariseos (Mt. 9, 4-7; 12, 25-27; Lc. 6, 7-8); intuye los pensamientos de Simón el fariseo que murmura en su corazón contra la pecadora (Lc. 7, 39 ss.).

Así, llegamos de nuevo a la misma conclusión: Jesús es el Hijo de Dios. A los milagros físicos obrados en la naturaleza, y a la resurrección de su cuerpo, viene a unirse el milagro intelectual de las profecías. Jesús domina el pasado, el presente y el futuro.

Solamente el Hijo de Dios puede tener estos poderes divinos. Si el cristianismo no tiene parangón en la evolución religiosa humana, si la figura de Cristo no se le puede comparar ni remotamente con la de cualquier otro personaje histórico, se debe a su naturaleza divina.



Autor: Congregación para el Clero | Fuente: www.clerus.org

jueves, 23 de diciembre de 2010

El diácono se configura con Cristo, servidor de todos

Concordia (Entre Ríos), 22 Dic. 10 (AICA) “La caridad hacia los más desamparados es el primer servicio confiado a los diáconos” y “los diáconos, sean transitorios o permanentes, participan de una manera especial en la misión y la gracia de Cristo. El sacramento del Orden los marca con un sello, ‘carácter’, que nada puede hacer desaparecer y que los configura con Cristo que se hizo ‘diácono’, es decir, el servidor de todos. El ordenado se transforma en la Iglesia, para la Iglesia y para el mundo en una imagen real, viva, transparente, de Cristo Servidor”. Asi lo expresó el obispo de Concordia, monseñor Luis Armando Collazuol, en la ordenación diaconal del seminarista Alberto Olivera Dutra celebrada el pasado viernes 17 de diciembre, en la parroquia San Cayetano, de Villa Zorraquin (Entre Ríos).

El prelado invitó al joven a contemplar “a Jesús Servidor, Diácono” para poder abrirse “como Él, hacia los otros en el servicio humilde y generoso”.

“Jesús es nada para sí, todo para los otros -manifestó-. ‘No vino para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud’. Entre nosotros ‘pasó haciendo el bien’. Se mezcló sin prejuicios entre los marginados y los despreciados de su tiempo: enfermos de toda clase, ciegos, paralíticos, leprosos, ignorantes, pecadores. A todos atendía y cuidaba”.

En ese sentido, precisó que “esta actitud de servicio total de Cristo a los hombres está maravillosamente pintada en la escena de ponerse de rodillas delante de sus discípulos para lavarles los pies”. Y explico que “para sus propios discípulos aquello era un escándalo. Pero es la imagen de Dios hecho hombre y servidor por amor a los hombres. Es imagen también de lo que debemos hacer todos los que queramos seguir sus huellas. Y es la imagen ejemplar del diácono”.
 
Fuente: AICA

martes, 2 de febrero de 2010

La Presentación de Jesús en el Templo

El relato de este hermoso hecho lo podemos leer en San Lucas, Capítulo 2, vs. 22-39.

La Ley de Moisés mandaba que a los 40 días de nacido un niño fuera presentado en el templo. Hoy dos de febrero se cumplen los 40 días, contando desde el 25 de diciembre, fecha en la que celebramos el nacimiento de Jesús.

Los católicos hemos tenido la hermosa costumbre de llevar los niños al templo para presentarlos ante Nuestro Señor y la Santísima Virgen. Esta es una costumbre que tiene sus raíces en la Santa Biblia. Cuando hacemos la presentación de nuestros niños en el templo, estamos recordando lo que José y María hicieron con el Niño Jesús.

La Ley de Moisés mandaba que el hijo mayor de cada hogar, o sea el primogénito, le pertenecía a Nuestro Señor y que había que rescatarlo pagando por él una limosna en el templo. Esto lo hicieron María y José.

Por mandato del Libro Sagrado, al presentar un niño en el templo había que llevar un cordero y una paloma y ofrecerlos en sacrificio al Señor (el cordero y la paloma son dos animalitos inofensivos e inocentes y su sangre se ofrecía por los pecados de los que sí somos ofensivos y no somos inocentes. Jesús no necesitaba ofrecer este sacrificio, pero quiso que se ofreciera porque El venía a obedecer humildemente a las Santas Leyes del Señor y a ser semejante en todo a nosotros, menos en el pecado).

La Ley decía que si los papás eran muy pobres podían reemplazar el cordero por unas palomitas. María y José, que eran muy pobres, ofrecieron dos palomitas en sacrificio el día de la Presentación del Niño Jesús.

En la puerta del templo estaba un sacerdote, el cual recibía a los padres y al niño y hacía la oración de presentación del pequeño infante al Señor.

En aquel momento hizo su aparición un personaje muy especial. Su nombre era Simeón. Era un hombre inspirado en el Espíritu Santo. Es interesante constatar que en tres renglones, San Lucas nombra tres veces al Espíritu Santo al hablar de Simeón. Se nota que el Divino Espíritu guiaba a este hombre de Dios.

El Espíritu Santo había prometido a Simeón que no se moriría sin ver al Salvador del mundo, y ahora al llegar esta pareja de jóvenes esposos con su hijito al templo, el Espíritu Santo le hizo saber al profeta que aquel pequeño niño era el Salvador y Redentor.

Simeón emocionado pidió a la Sma. Virgen que le dejara tomar por unos momentos al Niño Jesús en sus brazos y levantándolo hacia el cielo proclamó en voz alta dos noticias: una buena y otra triste.

La noticia buena fue la siguiente: que este Niño será iluminador de todas las naciones y que muchísimos se irán en favor de él, como en una batalla los soldados fieles en favor de su bandera. Y esto se ha cumplido muy bien. Jesús ha sido el iluminador de todas las naciones del mundo. Una sola frase de Jesús trae más sabiduría que todas las enseñanza de los filósofos. Una sola enseñanza de Jesús ayuda más para ser santo que todos los consejos de los psicólogos.

La noticia triste fue: que muchos rechazarán a Jesús (como en una batalla los enemigos atacan la bandera del adversario) y que por causa de Jesús la Virgen Santísima tendría que sufrir de tal manera como si una espada afilada le atravesara el corazón. Ya pronto comenzarán esos sufrimientos con la huida a Egipto. Después vendrá el sufrimiento de la pérdida del niño a los 12 años, y más tarde en el Calvario la Virgen padecerá el atroz martirio de ver morir a su hijo, asesinado ante sus propios ojos, sin poder ayudarlo ni lograr calmar sus crueles dolores.

Y Jesús ha llegado a ser como una bandera en una batalla: los amigos lo aclaman gritando "hosanna", y los enemigos lo atacan diciendo "crucifícale". Y así ha sido y será en todos los siglos. Y cada vez que pecamos lo tratamos a El como si fuéramos sus enemigos, pero cada vez que nos esforzamos por portarnos bien y cumplir sus mandatos, nos comportamos como buenos amigos suyos.

Después de este interesante hecho de la Presentación de Jesús en el templo, la Virgen María meditaba y pensaba seriamente en todo esto que había escuchado.

Ojalá también nosotros pensemos, meditemos y saquemos lecciones de estos hechos tan importantes.

Fuente: EWTN

lunes, 1 de febrero de 2010

Cuando se pierde un alma

Dios tiene modos de hablarnos, sutiles, diálogos inefables que sólo el alma que los experimenta puede comprender. Todos podemos tener esos diálogos, sin palabras, con sentimientos que el Señor inspira en nuestro corazón. Hoy creí tener uno de esos diálogos mientras asistía a la Misa dominical. A veces se siente muy fuerte nuestra asistencia a Misa, más que otras, y hoy fue uno de esos días en que el Señor me tenía absorbido en meditaciones profundas. Le pedía perdón o le agradecía, le pedía ayuda o simplemente me dejaba acariciar por Sus suaves manos, que tocan el alma.

Así, mientras se cantaba el Santo antes de la Consagración, tenía los ojos cerrados y disfrutaba del momento que se aproximaba. De repente el sacerdote interrumpe el canto y la Misa, abro los ojos y veo a una madre desesperada junto a él. El sacerdote nos dijo a todos que esa madre buscaba a su niño de dos años, perdido. Ví en esos ojos, en ese gesto, el dolor y la preocupación. ¡Su hijo estaba perdido! En medio de una iglesia atestada de público, ella pensaba que quizás alguien se lo había llevado, quien sabe donde. ¡Mi niño, donde está mi niño!, gritaba desde lo más profundo de su corazón. De inmediato una mano se alzó entre la multitud, la madre corrió y pasó junto a nosotros con el niño en brazos. La odisea, breve dolor de madre angustiada, había terminado.

Todo culminó tan rápido como se había iniciado. Más sin embargo, yo supe de inmediato lo que Jesús quería decir a mi alma: esa madre me mostró cuan fuerte es el sentimiento de protección de un hijo, cuanta fuerza emana de una mujer que supo llevar en su vientre al que ahora esté perdido. El pensamiento estalló en mi interior como un rayo, porque el amor de esa madre, amor imperfecto de criatura, no puede compararse al Amor de Dios por cada uno de nosotros. Dios, infinito y eterno en Su Amor, Amor perfecto y puro, tiene un Corazón que ama mucho más intensamente que el de aquella madre, o el de cualquier otra madre. Pude ver en un instante el dolor que Dios siente cuando un alma, cualquiera sea, se pierde. El también estalla de dolor y horror cuando uno de nosotros se pierde, cuando nuestra alma se aparta de El rumbo a la oscuridad.

Jesús te ama, tú lo sabes bien. El te mira y desea que estés en Sus Brazos, abrazo espiritual que protege y alimenta. Cuando entregas tu alma al pecado, a la caída al fondo de los fosos insondables de la oscuridad espiritual, El quisiera detener todo lo que ocurre, interrumpir el curso de la historia. Que alguien levante sus brazos y diga: “aquí está, conmigo, no te preocupes Señor”. Pero no es así en el caso de nuestro abandono de Su protección, no hay brazos que se eleven, no hay quien te devuelva al nido de amor que El te ofrece. Jesús puede llamarte, gritarte a través de la prosperidad, o del dolor, o a través del envío de Sus mensajeros de amor, o con suaves caricias a tu corazón. Es tu alma la que debe optar, porque así es la Ley que El nos ha dado. Ley de libre albedrío, del ejercicio de nuestra propia voluntad.
No hay modo de que el Señor te recoja nuevamente, si no eres tú el que torne la mirada hacia Su Rostro y le pida abrir Sus Brazos para volver ansioso a pedir perdón por el abandono. Como aquella madre que desesperada buscó y buscó a su hijo en medio de la multitud, así es que Jesús te llama y te invita a volver. Me dirás que tú tienes a Jesús en tu corazón, pero yo creo que las paredes del mundo se interponen a menudo entre tú y El. Ni siquiera los más grandes santos han sido capaces de estar con Jesús a tiempo completo, por lo que tú no puedes pretender ser totalmente fiel al Señor.

Nuestra vida debe ser un permanente buscar a Jesús, porque para El también es una búsqueda permanente de nuestra alma. Jesús nos busca, como esa madre en la iglesia, en medio de la multitud del mundo. Es una búsqueda que tiene que funcionar en dos sentidos. Desde el Señor, está garantizada, pero desde nosotros, es un interrogante de vida completa, un desafío diario. El Señor está allí, esperando que corramos a Sus Brazos. Por cada uno de nosotros, sin excepción, El lucha, busca. Nosotros, a veces lo recordamos, otras lo ignoramos, muchas veces lo traicionamos. Pero, ¿cuando estamos más felices que al estar en Sus Brazos, seguros de Su amistad?
 
Autor: Oscar Schmidt | Fuente:www.reinadelcielo.org

martes, 12 de enero de 2010

¿Cuántas veces hay que orar? Jesús responde: ¡Siempre!

En aquel tiempo, Jesús les decía una parábola a sus discípulos para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer. La parábola es la de la viuda inoportuna. A la pregunta: «¿Cuántas veces hay que orar?», Jesús responde: ¡Siempre!

La oración, como el amor, no soporta el cálculo de las veces. ¿Hay que preguntarse tal vez cuántas veces al día una mamá ama a su niño, o un amigo a su amigo? Se puede amar con grandes diferencias de conciencia, pero no a intervalos más o menos regulares. Así es también la oración.

Este ideal de oración continua se ha llevado cabo, en diversas formas, tanto en Oriente como en Occidente. La espiritualidad oriental la ha practicado con la llamada oración de Jesús: «Señor Jesucristo, ¡ten piedad de mí!». Occidente ha formulado el principio de una oración continua, pero de forma más dúctil, tanto como para poderse proponer a todos, no sólo a aquellos que hacen profesión explícita de vida monástica. San Agustín dice que la esencia de la oración es el deseo. Si continuo es el deseo de Dios, continua es también la oración, mientras que si falta el deseo interior, se puede gritar cuanto se quiera; para Dios estamos mudos. Este deseo secreto de Dios, hecho de recuerdo, de necesidad de infinito, de nostalgia de Dios, puede permanecer vivo incluso mientras se está obligado a realizar otras cosas: «Orar largamente no equivale a estar mucho tiempo de rodillas o con las manos juntas o diciendo muchas palabras. Consiste más bien en suscitar un continuo y devoto impulso del corazón hacia Aquél a quien invocamos».

Jesús nos ha dado Él mismo el ejemplo de la oración incesante. De Él se dice en los evangelios que oraba de día, al caer de la tarde, por la mañana temprano y que pasaba a veces toda la noche en oración. La oración era el tejido conectivo de toda su vida.

Pero el ejemplo de Cristo nos dice también otra cosa importante. Es ilusorio pensar que se puede orar siempre, hacer de la oración una especie de respiración constante del alma incluso en medio de las actividades cotidianas, si no reservamos también tiempos fijos en los que se espera a la oración, libres de cualquier otra preocupación. Aquel Jesús a quien vemos orar siempre es el mismo que, como todo judío de su tiempo, tres veces al día –al salir el sol, en la tarde durante los sacrificios del templo y en la puesta de sol-- se detenía, se orientaba hacia el templo de Jerusalén y recitaba las oraciones rituales, entre ellas el Shema Israel, Escucha Israel. El Sábado participa también Él, con los discípulos, en el culto de la sinagoga y varios episodios evangélicos suceden precisamente en este contexto.

La Iglesia igualmente ha fijado, se puede decir que desde el primer momento de vida, un día especial para dedicar al culto y a la oración, el domingo. Todos sabemos en qué se ha convertido, lamentablemente, el domingo en nuestra sociedad; el deporte, en particular el fútbol, de ser un factor de entretenimiento y distensión, se ha transformado en algo que con frecuencia envenena el domingo... Debemos hacer lo posible para que este día vuelva a ser, como estaba en la intención de Dios al mandar el descanso festivo, una jornada de serena alegría que consolida nuestra comunión con Dios y entre nosotros, en la familia y en la sociedad.

Es un estímulo para nosotros, cristianos modernos, recordar las palabras que los mártires Saturnino y sus compañeros dirigieron, en el año 305, al juez romano que les había mandado arrestar por haber participado en la reunión dominical: «El cristiano no puede vivir sin la Eucaristía dominical. ¿No sabes que el cristiano existe para la Eucaristía y la Eucaristía para el cristiano?».

Autor: P. Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia | Fuente: Catholic.net

domingo, 10 de enero de 2010

Un regalo para Jesús

Muchas personas se preguntan que regalo le pueden hacerle a Jesús para agradarlo, para glorificarlo... Me parece que tener ese sincero deseo ya es un muy lindo regalo para Él. Lo que tenemos que tratar de hacer es seguir sus pasos, imitarlo, hacer su voluntad antes que cualquier cosa!!! El es lo más importantes en nuestras vidas, El le dá sentido a nuestra existencia, entonces podemos regalarle todos los días una oración, un sacrificio, acerquemos más a Nuestro Señor.. estará feliz de ver en nosotros un cambio... todos los días tenemos que mejorar...

Nuestra Santísima Madre, en Fatima nos pidió que oremos mucho, que recemos el Rosario todos los días, que hagamos sacrificios, por todas las almas... y que no ofendamos mas a su hijo, nuestro Señor Jesucristo, porque ya ha sido muy ofendido!!!

Nuestro compromiso deben ser las cosas del Señor!! ese es el regalo que le podemos dar todos los días!!

No dejemos de agradecer todo lo que no brinda, no miremos solo los problemas o dificultades que tenemos, ofrezcamos esos sufrimientos o pequeños inconvenientes que tenemos para enmendar las tantas ofensas, a nuestro Señor Jesucristo!!

Los sacrificios que podemos hacer, no hace falta que sean colosales, dejemos de hacer cosas que nos agradan,  puede ser: no comer un postre que nos gusta mucho, no mirar tele por un par de días, no gastar en esas joyas que tanto te gustan y darle el dinero a una comisión de alguna capilla o Iglesia, etc. Todo ésto ofrezcamos a Jesús, muy humildemente, con un corazón lleno de amor hacia El.