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viernes, 13 de mayo de 2016

Pidamos al Señor la gracia de “mordernos la lengua”, pidió Francisco

"La lengua es capaz de destrozar una familia, una comunidad, una sociedad; sembrar odio y guerras. En vez de buscar una aclaración es más cómodo hablar mal y destrozar la fama del otro", advirtió el papa Francisco en la homilía de la misa matutina celebrada en la capilla de la Casa Santa Marta.

El pontífice comenzó su homilía recordando que antes de su Pasión, Jesús reza por la unidad de los creyentes, de las comunidades cristianas, para que sean una sola cosa, como Él con el Padre, para que el mundo crea.

El obispo de Roma reflexionó sobre las palabras y oración de Jesús, en la lectura del Evangelio del día que dice: "Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste".

De este modo, el pontífice aseguró que "la unidad de las comunidades cristianas, de las familias cristianas, son testimonio: son el testimonio del hecho que el Padre haya enviado a Jesús". También reconoció que quizá, llegar a la unidad –en una comunidad cristiana, en una parroquia, en un episcopado, en una institución cristiana o en una familia cristiana– es una de las cosas más difíciles.

Nuestra historia, añadió Francisco, la historia de la Iglesia nos hace avergonzar tantas veces: ¡hicimos guerras contra nuestros hermanos cristianos! Pensemos en una, la Guerra de los Treinta Años”. Por eso, Francisco subrayó que donde "los cristianos se hacen la guerra entre ellos" no hay testimonio.

"¡Tenemos que pedir tanto perdón al Señor por esta historia! Una historia, tantas veces, de divisiones y no sólo en el pasado. ¡Aún hoy! ¡Aún hoy! Y el mundo ve que estamos divididos y dice: ‘Que se pongan de acuerdo, después veremos. Cómo, Jesús resucitó y está vivo ¿y sus discípulos no se ponen de acuerdo?'. Una vez, un cristiano católico le preguntó a otro cristiano de Oriente, también católico: ‘Mi Cristo resucita pasado mañana. El tuyo ¿cuándo resucita? ¡Ni siquiera en la Pascua estamos unidos! Y el mundo no cree", dijo Francisco.

El Santo Padre observó que fue la envidia del diablo la que hizo entrar el pecado en el mundo. Así, también en las comunidades cristianas "es casi habitual" que haya egoísmo, celos, envidias, divisiones. Y esto, "lleva a hablar mal el uno del otro", advirtió el pontífice.

"El mi país, dijo el papa Francisco, a estas personas las llaman ‘cizañeras’: siembran cizaña, dividen. A ahí las divisiones comienzan con la lengua".

La lengua –señaló– es capaz de destrozar una familia, una comunidad, una sociedad; sembrar odio y guerras. En vez de buscar una aclaración "es más cómodo hablar mal" y destrozar "la fama del otro" y citó el conocido episodio de san Felipe Neri que a una mujer que había hablado mal, como penitencia le dice que desplume un pollo, disperse las plumas por el barrio y después las recoja. "¡No es posible!", exclamó la mujer. "Así es cuando uno habla mal", fue la respuesta.

"Hablar mal es así: ensuciar al otro. El que habla mal, ensucia, destruye. Destruye la fama del otro, destruye la vida y muchas veces sin motivo, contra la verdad", advirtió Francisco.

Por eso, recordó que Jesús rezó por nosotros, por todos nosotros que estamos aquí y por nuestras comunidades, nuestras parroquias, nuestras diócesis: "que sean uno".

El pontífice concluyó la homilía invitando a pedir al Señor la gracia y el don de la unidad, es decir, el Espíritu Santo. "Pidamos la gracia de la unidad para todos los cristianos, la gran gracia y la pequeña gracia de cada día para nuestras comunidades, nuestras familias; y la gracia de mordernos la lengua". 


Fuente: AICA

jueves, 16 de junio de 2011

Las divisiones son por parcializar la misión de la Iglesia

Buenos Aires, 15 Jun. 11 (AICA) El arzobispo emérito de Resistencia, monseñor Carmelo Juan Giaquinta, advirtió que “mientras el Espíritu de Cristo no complete su obra, habrá en nosotros un resto de egoísmo que pretenda apropiarse de él y negarlo a los demás”.

El prelado señaló que esto fue lo que “les sucedió a los primeros cristianos de origen judío, a quienes les costó aceptar que Dios quiere compartir su Espíritu con todos los pueblos del mundo”.

“Todas las divisiones en la Iglesia, lo mismo que los errores en la evangelización, sucedieron por ignorar la naturaleza del Espíritu Santo, e identificar su obra, que es el pueblo de Dios congregado de entre todos los pueblos de la tierra, con una visión parcial de la realidad: un sector eclesiástico, una nación, un partido”, aseveró en su reflexión de Pentecostés.

El prelado subrayó que “para acometer una nueva evangelización, necesitamos tener la mirada de Dios sobre la humanidad”, y consideró que a esto ayuda “contemplar la Iglesia como obra del Espíritu Santo tal cual la describe el Concilio”.

“En uno de sus pasajes eximios, se refiere al Espíritu Santo que “habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo… Guía la Iglesia a toda la verdad… Con la fuerza del Evangelio rejuvenece a la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo… Y así toda la Iglesia aparece como un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, recordó citando la constitución conciliar Lumen Gentium.

Por último, monseñor Giaquinta invitó a leer completo al menos el párrafo 9 de esa carta dogmática que dice: “Este pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo… La condición de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios… Tiene por ley el nuevo mandato de amar como el mismo Cristo nos amó… Y tiene como fin, el dilatar más y más el reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra... Este pueblo mesiánico, aunque no incluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación…”
 
Fuente: AICA

martes, 9 de noviembre de 2010

Oracion de entrega al Espiritu Santo: implorando sus dones y frutos

Espíritu Santo, Dios eterno, cuya gloria llena los cielos y la tierra, heme aquí postrado humildemente en tu presencia. Te ofrezco y te hago entrega de mi cuerpo y de mi alma. Adoro el resplandor de tu pureza, de tu justicia inmutable y del poder de tu amor.

No permitas que te ofenda o resista a las inspiraciones de tu gracia; antes bien dirige mi entendimiento, a fin de que escuche dócilmente la voz de tus inspiraciones y las siga, hallando en tu misericordia un amparo contra mi debilidad.

Espíritu de Sabiduría, domina todos mis pensamientos, palabras y obras.

Espíritu de Entendimiento, ilumíname e instrúyeme.

Espíritu de Consejo, guíame en mi inexperiencia.

Espíritu de Ciencia, ahuyenta mi ignorancia.

Espíritu de Fortaleza, hazme perseverante en el servicio de Dios; dame fuerzas para proceder en todo con bondad y benevolencia, con mansedumbre y sinceridad, con paciencia y caridad, con alegría y longanimidad.

Espíritu de Piedad, hazme afectuoso y filial en mis relaciones con Dios.

Espíritu del Santo Temor de Dios, líbrame de todo mal.
Espíritu de Paz, dame tu paz.

Espíritu de Santidad, adorna con las celestiales virtudes de pureza y modestia el templo que has elegido por tu morada y preserva siempre mi alma, con tu gracia omnipotente, de la ruina del pecado. Amen.


Oración bíblica al Espíritu Santo

Espíritu Santo,
haznos verdaderamente espirituales en Ti, Col 1,9
Sométenos a tu influencia y habita en nuestras almas, 1 Cor 2,12
anima nuestros cuerpos, 1 Cor 15,44
vivifica todas nuestras obras, 1 Cor 2,13
pronuncia Tú nuestra plegaria, Ef 5,19
para que seamos hijos del Padre Ef 4,6
y hermanos de Cristo, nuestro Salvador. Rom 8,29
Amén.



Fuente: http://www.corazones.org

viernes, 25 de junio de 2010

Oración para pedir la efusión del Espíritu Santo


Espíritu Santo de Dios,
ven en mi auxilio y enséñame a orar. 
 
Derrámate en mi corazón y conviérteme.
Ven a reparar en mí las heridas del pecado. 

Dame la gracia de perdonar de corazón a mis hermanos
e inúndame con tu paz. 

Unifica todo mi ser,
ven a poner orden en todas mis cosas
para que todo en mi vida responda a la voluntad de Dios. 

Dame docilidad para seguir tus inspiraciones
y fortaleza para resistir las tentaciones.
 
Sana toda mi historia y pon tu consuelo allí donde faltó.
Colma de tu amor cada momento de mi historia. 

Ayúdame a vivir en la Presencia de Jesús
y bajo el amparo de María, mi Madre Celestial. Amén.

lunes, 7 de junio de 2010

Invocación al Espíritu Santo

Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles,
y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Envía tu Espíritu Creador
y renueva la faz de la tierra.

Oh Dios,
que has iluminado los corazones de tus hijos
con la luz del Espíritu Santo;
haznos dóciles a sus inspiraciones
para gustar siempre el bien
y gozar de su consuelo.

Por Cristo nuestro Señor.

Amén.

lunes, 5 de abril de 2010

Dones y frutos del Espíritu Santo

Los siete dones del Espíritu Santo son:

Don de Ciencia, es el don del Espíritu Santo que nos permite acceder al conocimiento. Es la luz invocada por el cristiano para sostener la fe del bautismo.

Don de Consejo, saber decidir con acierto, aconsejar a los otros fácilmente y en el momento necesario conforme a la voluntad de Dios.

Don de Fortaleza, es el don que el Espíritu Santo concede al fiel, ayuda en la perseverancia, es una fuerza sobrenatural.

Don de Inteligencia
, es el del Espíritu Santo que nos lleva al camino de la contemplación, camino para acercarse a Dios.

Don de Piedad, el corazón del cristiano no debe ser ni frío ni indiferente. El calor en la fe y el cumplimiento del bien es el don de la piedad, que el Espíritu Santo derrama en las almas.

Don de Sabiduría
, es concedido por el Espíritu Santo que nos permite apreciar lo que vemos, lo que presentimos de la obra divina.

Don de Temor, es el don que nos salva del orgullo, sabiendo que lo debemos todo a la misericordia divina.

Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David. Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.


Los frutos del Espíritu Santo son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce:

Caridad.
Gozo.
Paz.
Paciencia.
Longanimidad.
Bondad.
Benignidad.
Mansedumbre.
Fe.
Modestia.
Continencia.
Castidad.


Faltas contra el Espíritu Santo:

Desesperar de la misericordia de Dios.
Presunción de salvarse sin ningún mérito.
La impugnación de la verdad conocida.
La envidia de los bienes espirituales del prójimo.
La obstinación en el pecado.
La impenitencia final. 

Fuente: Catholic.net

El Espíritu Santo

El Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad, es Dios. Verdadero Dios como lo son el Padre y el Hijo. Es el Amor del Padre y el Hijo.

Cristo prometió que este Espíritu de Verdad iba a venir y moraría dentro de nosotros. "Yo rogaré al Padre y les dará otro Intercesor que permanecerá siempre con ustedes. Este es el Espíritu de Verdad que el mundo no puede recibir porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes saben que él permanece con ustedes, y estará en ustedes" (Jn 14, 16-17)

El Espíritu Santo vino el día de Pentecostés y nunca se ausentará. Cincuenta días después de la Pascua, el Domingo de Pentecostés, los Apóstoles fueron transformados de hombres débiles y tímidos en valientes proclamadores de la fe; los necesitaba Cristo para difundir su Evangelio por el mundo.

El Espíritu Santo está presente de modo especial en la Iglesia, comunidad de quienes creen en Cristo como el Señor. Ayuda a su iglesia a que continúe la obra de Cristo en el mundo. Su presencia da gracia a los fieles para unirse más a Dios y entre sí en amor sincero, cumpliendo sus deberes con Dios y los demás. La gracia y vida divina que prodiga hacen a la Iglesia ser mucho más grata a Dios; la hace crecer con el poder del Evangelio; la renueva con sus dones y la lleva a unión perfecta con Jesús.

El Espíritu Santo guía al Papa, a los obispos y a los presbíteros de la Iglesia en su tarea de enseñar la doctrina cristiana, dirigir almas y dar al pueblo la gracia de Dios por medio de los Sacramentos. Orienta toda la obra de Cristo en la Iglesia: solicitud por los enfermos, enseñar a los niños, preparación de la juventud, consolar a los afligidos, socorrer a los necesitados.

Es nuestro deber honrar al Espíritu Santo amándole por ser nuestro Dios y dejarnos dócilmente guiar por Él en nuestras vidas. San Pablo nos lo recuerda diciendo: "¿No saben ustedes que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?"(1 Cor 3, 16).

Conscientes de que el Espíritu Santo esta siempre con nosotros, mientras vivamos en estado de gracia santificante, debemos pedirle con frecuencia la luz y fortaleza necesarias para llevar una vida santa y salvar nuestra alma.

Palabra de Dios

"En verdad te digo: El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu (Jn 3, 5-6)

"Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho" (Jn 14, 25-26).

"Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa donde se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se postraron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse (Hech 2, 1-4).

"A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común. Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro fe, en el mismo Espíritu; a otros carismas de curaciones, en el unico Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, profecía, a otro, discernimiento de espíritus; a otro diversidad de lenguas; a otro don de interpretarlas. Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad" (1Cor 12, 7-11).

Consagración

Espíritu Santo, divino Espíritu de luz y amor, te consagro mi entendimiento, mi corazón, mi voluntad y todo mi ser, en el tiempo y en la eternidad.

Que mi entendimiento este siempre sumiso a tus divinas inspiraciones y enseñanzas de la doctrina de la Iglesia católica que tu guías infaliblemente.

Que mi corazón se inflame siempre en amor de Dios y del prójimo.

Que mi voluntad este siempre conforme a tu divina voluntad.

Que toda mi vida sea fiel imitación de la vida y virtudes de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A El, contigo y el Padre sea dado todo honor y gloria por siempre.

Dios Espíritu Santo, infinito amor del Padre y del Hijo, por las manos purísimas de María, tu esposa inmaculada, me pongo hoy y todos los días de mi vida sobre tu altar escogido, el Sagrado Corazón de Jesús, como un sacrificio en tu honor, fuego consumidor, con firme resolución ahora más que nunca de oír tu voz y cumplir en todas las cosas tu santísima y adorable voluntad.

Fuente: EWTN

lunes, 15 de marzo de 2010

El pecado que no Tiene Perdón

"El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón nunca, antes bien será reo de pecado eterno" (Mc 3,29; Cf. Mt 12:32; Lc 12:10).

¿Por qué la blasfemia contra el Espíritu Santo es imperdonable?
Porque se trata del rechazo radical a la gracia que Dios ofrece para la conversión. Según Santo Tomás de Aquino es un pecado “irremisible por su misma naturaleza porque excluye los elementos gracias a los cuales se concede la remisión de los pecados”.

La blasfemia contra el Espíritu Santo es presumir y reivindicar el “derecho” de perseverar en el mal. Es un rechazo a al perdón y a la redención que Cristo ofrece. La blasfemia contra el Espíritu Santo es la obstinación contra Dios llevada hasta el final. Es negarse deliberadamente a recibir la misericordia divina.

Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el # 1864:
No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios, mediante el arrepentimiento, rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo (Cf. DV 46). Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna.

El pecado contra el Espíritu Santo consiste, pues, en la negación de parte de la persona, a aceptar la salvación y el perdón dados por Dios. Cuando el corazón de una persona se obstina de tal manera que no acepta que necesita arrepentirse de sus pecados y se resiste a esta gracia, comete el pecado contra el Espíritu Santo el cual puede llevarlo al infierno. ¿Por qué? No porque la Iglesia y el Señor no puedan perdonarle, todo lo contrario, sino mas bien porque la persona misma, voluntariamente ha rechazado este perdón y salvación dadas por Dios.

Juan Pablo II en su Encíclica sobre el Espíritu Santo, Dominum et vivificantem 46-48, explica este pecado contra el Espíritu

"Esta blasfemia no consiste en el hecho de ofender con palabras al Espíritu Santo; consiste, más bien, en el rechazo de aceptar la salvación que Dios ofrece al hombre por medio del Espíritu Santo."

Mas adelante dice: "...consiste en el rechazo radical de aceptar esa remisión, de la que el mismo Espíritu Santo es el íntimo dispensador, y que presupone la verdadera conversión obrada por El en la conciencia" Si Jesús declara imperdonable este pecado es "porque esta no-remisión está unida, como a su causa, a la no-penitencia, es decir, al rechazo radical a convertirse."

Como nos lo explica el Papa, el pecado contra el Espíritu Santo consiste en la resistencia y el rechazo a la conversión. Es el Espíritu Santo el que nos convence del pecado ( Jn 16:8-9). Rechazar en nuestro corazón esta realidad y obstinarnos en el mal nos lleva a este pecado. Esta era la actitud de los fariseos, que se cerraron a la aceptación del plan divino para reconciliarse con los hombres.



Fuente: http://www.corazones.org