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jueves, 12 de abril de 2012

El Papa explica la transformación que trae la Pascua del Señor

Ciudad del Vaticano , 11 Abr. 12 (AICA) Santo Padre dedicó su catequesis de la audiencia general de hoy a explicar la transformación que la Resurrección de Jesús produjo en sus discípulos; y reflexionó sobre el sentido que la Pascua tiene hoy para los cristianos: la fe en el Resucitado “transforma nuestra vida, la libera del miedo, le da firme esperanza, la anima con aquello que da pleno sentido a la existencia, el amor de Dios”.

Benedicto XVI recordó que la tarde del día de la Resurrección, los discípulos estaban encerrados en casa, llenos de temor e incertidumbre por el recuerdo de la Pasión del Maestro. “Esta situación de angustia cambia radicalmente con la llegada de Jesús. Entra a puertas cerradas, está en medio de ellos y les da la paz que se convierte para la comunidad en fuente de alegría, certeza de victoria, seguridad en el apoyarse en Dios”.

Después del saludo, Jesús muestra a los discípulos sus heridas, “signo de lo que ha sucedido y que nunca más se borrará: su humanidad gloriosa permanecerá 'herida'. Este gesto tiene la finalidad de confirmar la nueva realidad de la Resurrección: el Cristo que está ahora ante los suyos es una persona real, el mismo Jesús que tres días antes fue clavado en la cruz. Y es así que, en la luz refulgente de la Pascua, en el encuentro con el Resucitado, los discípulos comprenden el sentido salvífico de su Pasión y muerte. Entonces, pasan de la tristeza y el miedo a la alegría plena”.

Jesús los saluda de nuevo: “La paz esté con ustedes”. No se trata solamente de un saludo, señaló el Papa, sino “del don que el Resucitado hace a sus amigos; y es, al mismo tiempo, una misión: esta paz, comprada por Cristo con su sangre, es para ellos y para todos, y los discípulos deberán llevarla a todo el mundo. Jesús completó su tarea en el mundo, ahora les toca a ellos sembrar la fe en los corazones”.

Pero el Señor sabe que los suyos aún sienten temor. “Por eso, sopla sobre ellos y los regenera en su Espíritu; este gesto es el signo de la nueva creación. Con el don del Espíritu Santo que proviene de Cristo resucitado, comienza de hecho un mundo nuevo”.

En este punto, Benedicto XVI aseguró que “también hoy el Resucitado entra en nuestras casas y en nuestros corazones, a pesar de que a veces las puertas estén cerradas. Entra donando alegría y paz, vida y esperanza, dones que necesitamos para renacer humana y espiritualmente”. Solo Él puede acabar con las divisiones, enemistades, rencores, envidias, desconfianzas, con la indiferencia. Sólo Él puede dar sentido a la existencia de quien está cansado, triste, abatido y sin esperanza.

Así lo experimentaron los dos discípulos que el día de Pascua caminaban hacia Emaús, llenos de pesar por la reciente muerte de su Maestro. Jesús se acerca a ellos y los acompaña sin ser reconocido, explicándoles la Sagrada Escritura para que comprendan su misión salvífica. Más tarde piden a Jesús que se quede con ellos, y lo reconocen cuando bendice y parte el pan. “Este episodio -señaló el Papa- nos indica dos 'lugares' privilegiados donde podemos encontrar al Resucitado que transforma nuestra vida: la Palabra y la Eucaristía”.

Los discípulos de Emaús regresan a Jerusalén para unirse a los otros, ya que “renace en ellos el entusiasmo de la fe, el amor por la comunidad, la necesidad de comunicar la buena noticia. El Maestro resucitó y con Él toda la vida resucita; testimoniar este acontecimiento se convierte para ellos en una necesidad ineludible”.

Benedicto XVI explicó que este tiempo pascual debe ser para los cristianos una ocasión para volver a descubrir con alegría y entusiasmo los manantiales de la fe: “Se trata de recorrer el mismo itinerario que Jesús hizo atravesar a los discípulos de Emaús, mediante el redescubrimiento de la Palabra de Dios y la Eucaristía. El punto culminante de este camino, entonces como hoy, es la Comunión eucarística: en la Comunión, Jesús nos nutre con su Cuerpo y su Sangre para estar presente en nuestra vida, para hacernos nuevos, animados por la potencia del Espíritu Santo”.

Para terminar, el Santo Padre invitó a los fieles a tener fe en el Resucitado, quien “vivo y verdadero, está siempre presente entre nosotros, camina con nosotros para guiar nuestra vida”, y que “tiene el poder de dar la vida, de hacernos renacer como hijos de Dios, capaces de creer y de amar”.

Fuente: AICA

lunes, 19 de abril de 2010

El Aleluya que cantamos

(De las Catequesis del papa Pablo VI, 25-abril-1973)

¡Aleluya! ¡Hermanos, hijos y visitantes, llegue a vosotros nuestro Aleluya!
Aleluya es una aclamación tradicional, antiquísima, que nos viene del Antiguo Testamento (cf. Tob 13,22) y que significa "Alabad a Dios". Probablemente esta aclamación formaba parte también de los cantos de la cena ritual de los hebreos con motivo de la Pascua y, por consiguiente, Jesús mismo la pronunció al terminar su última cena (cf. Mt 26,30; Mc 14,26). Ha pasado también a las liturgias cristianas como una expresión enfática de gozo, alegría, fuerza, reservada especialmente para el tiempo de Pascua, al que caracteriza el gozo por la celebración de la resurrección del Señor. San Agustín, comentando los Salmos, nos lo recuerda, haciendo notar la enseñanza que este hecho encierra, pues si es verdad que debemos cantar el Aleluya en unos días determinados, sin embargo, todos los días debemos llevarlo en el corazón (Enar. In Psalmis, 106).

Este grito de alabanza a Dios, que usamos como grito de alegría, nos ofrece un tema digno de profunda reflexión; reflexión que nos conduce a las fuentes de nuestro pensamiento religioso, el cual nos enseña que la gloria de Dios es nuestra alegría. Recordad la exclamación estupenda del himno de la santa Misa festiva, llamado precisamente el Gloria, que expresa así esta maravillosa doctrina: "te damos gracias, por tu inmensa gloria". ¿Cómo es posible esto? ¿Cómo puede la grandeza infinita y misteriosa de Dios ser la fuente de nuestro reconocimiento y al mismo tiempo de nuestra alegría?

Sí, porque Dios lo es todo para nosotros. Dios es la vida, Dios es el poder, Dios es la verdad, Dios es la bondad, Dios es la belleza; sí, en resumen, Dios es nuestra felicidad. ¡Aleluya!
¡Cómo queda superada así toda otra concepción vulgar de la religión, que con tanta frecuencia nos es presentada bajo el aspecto de la distancia, de la oscuridad, del temor, del terror! ¡Y cuántas veces nos alejamos del estudio y de la práctica religiosa porque no hemos comprendido y gustado que Dios es nuestra dicha, nuestra felicidad! ¡Y quizás ni siquiera hemos comprendido suficientemente la originalidad de nuestra fe, que nos ofrece esta perspectiva: Dios es grande, porque es bueno! Dios merece ser exaltado en su inmensa e infinita trascendencia, porque ella se nos ha manifestado en su Esencia, que es Amor: Amor en sí mismo, Amor hacia nosotros. ¡Dios es la vida! Repitámoslo, ¡nuestra vida!

Pascua nos ha revelado su misterio, por medio de Cristo muerto y resucitado, no sólo para Sí mismo, sino para nosotros, criaturas vivientes, sí, pero mortales, susceptibles de quedar comprometidos en la victoria de la vida nueva inaugurada por Él, Cristo, en la mañana de Pascua.

¡Dios es la alegría! ¡Acordaos de este anuncio como de un feliz descubrimiento! Descubrimiento que hemos de ir haciendo siempre, gozando siempre. Este es nuestro deseo, que unimos a nuestro saludo, a nuestro grito pascual: ¡Aleluya!



Fuente: http://corazoneucaristicodejesus.blogspot.com

miércoles, 14 de abril de 2010

La Eucaristía, sacramento pascual (San Agustín)

Adentrarse en la lectura de la Tradición es volver a un manantial tremendamente sugerente, rico en perspectivas, con lenguaje original. Conocer la Tradición ilumina, despeja, abre la mente. San Agustín, el gran Doctor, puede muy bien acompañarnos con algunos sermones suyos durante estos días de Pascua, compartiendo la vivencia de los sacramentos pascuales, oyendo las palabras que él dirigía a los neófitos (felices, recién bautizados, iluminados ya por Cristo) y a los fieles de Hipona.

Varios sermones de san Agustín que nos han llegado, se pronunciaron en la misma noche de la Vigilia pascual; otros en la Misa del día de Pascua y algunos más durante la Octava como catequesis mistagógica a los nuevos bautizados.

El sermón 272, todo un clásico, lo pronunció un día de Pascua para que los neófitos profundizasen en el sacramento de la Eucaristía que en la noche de Pascua habían recibido por vez primera comulgando el Cuerpo del Señor y bebiendo en el cáliz. Y como la cincuentena pascual es tiempo sumamente eucarístico, sus palabras nos servirán igualmente a nosotros.


"Lo que estáis viendo sobre el altar de Dios, lo visteis también la pasada noche; pero aún no habéis escuchado qué es, qué significa ni el gran misterio que encierra. Lo que veis es un pan y un cáliz; vuestros ojos así os lo indican. Mas según vuestra fe, que necesita ser instruida, el pan es el cuerpo de Cristo y el cáliz la sangre de Cristo. Esto dicho brevemente, lo que quizá sea suficiente a la fe; pero la fe exige ser documentada ["sed fides instructionem desiderat"].

Dice, en efecto, el profeta: Si no creéis, no comprenderéis. Ahora podéis decirme a mí: "Nos mandas que lo creamos; explícanoslo para que lo entendemos". Puede, en efecto, surgir en la mente de cualquiera el siguiente pensamiento: "Sabemos de dónde tomó carne Jesucristo nuestro Señor: de la virgen María. Siendo pequeño, tomó el pecho, fue alimentado, creció, llegó a la edad madura, fue perseguido por los judíos, colgado de un madero, muerto en el madero y bajado del madero; fue sepultado, resucitó al tercer día y cuando quiso subió al cielo, llevándose allí su cuerpo; de allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos, y allí está ahora sentado a la derecha del Padre: ¿cómo este pan es su cuerpo y cómo este cáliz, o lo que él contiene, es su sangre?"


A estas cosas, hermanos míos, las llamamos sacramentos, porque en ellas es una cosa la que se ve y otra la que se entiende. Lo que se ve tiene forma corporal; lo que se entiende posee fruto espiritual. Por tanto, si quieres entender el cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol, que dice a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros. En consecuencia, si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor ["in mensa Dominica"] está el misterio que sois vosotros mismos y recibís el misterio que sois vosotros. A lo que sois respondéis con el Amén, y con vuestra respuesta lo rubricáis. Se te dice: "El Cuerpo de Cristo", y respondes: "Amén". Sé miembro del cuerpo de Cristo para que sea auténtico el Amén.


¿Por qué precisamente en el pan? No aportemos nada personal al respecto, y escuchemos otra vez al Apóstol, quien, hablando del mismo sacramento, dice: Siendo muchos, somos un solo pan, un único cuerpo. Comprendedlo y llenaos de gozo: unidad, verdad, piedad, caridad. Un solo pan: ¿quién es este único pan? Muchos somos un único cuerpo. Traed a la memoria que el pan no se hace de un solo grano, sino de muchos. Cuando recibíais los exorcismos, erais como molidos; cuando fuisteis bautizados, como asperjados; cuando recibisteis el fuego del Espíritu Santo fuisteis como cocidos. Sed lo que veis y recibid lo que sois. Eso es lo que dijo el Apóstol a propósito del pan.


Lo que hemos de entender respecto al cáliz, aun sin decirlo expresamente, lo mostró con suficiencia. Para que exista esta especie visible de pan se han conglutinado muchos granos en una sola masa, como si sucediera aquello mismo que dice la Sagrada Escritura a propósito de los fieles: Tenían una sola alma y un solo corazón hacia Dios. Lo mismo ha de decirse del vino. Recordad, hermanos, cómo se hace el vino. Son muchas las uvas que penden del racimo, pero el zumo de las mismas se mezcla, formando un solo vino. Así también nos simbolizó a nosotros Cristo el Señor; quiso que nosotros perteneciéramos a él, y consagró en su mesa el misterio de nuestra paz y unidad. El que recibe el misterio de la unidad y no posee el vínculo de la paz, no recibe un misterio para provecho propio, sino un testimonio contra sí".


Fuente: http://corazoneucaristicodejesus.blogspot.com

lunes, 5 de abril de 2010

Debemos ser mensajeros de la caridad de Cristo, dice el Pontífice

VATICANO, 05 Abr. 10 / 06:21 am (ACI) Este medio día el Papa Benedicto XVI rezó el Regina Coeli, la oración mariana que durante el tiempo de Pascua sustituye el Ángelus, desde la ventana de sus palacio apostólico en Castelgandolfo, ante cientos de peregrinos que se dieron cita, y a quienes el Papa recordó que los cristianos debemos ser mensajeros de la resurrección de Cristo, de su victoria sobre el mal y la muerte, portadores de su amor divino.

Tras recordar que el lunes tras el domingo de resurrección es tradicionalmente llamado “Lunes del Ángel”, el Papa hizo un recorrido de las narraciones evangélicas con la presencia de uno o más ángeles ante la resurrección del Cristo.

“Todos los Evangelistas –dijo el Papa- precisan que cuando las mujeres se dirigen al sepulcro y lo encuentran abierto y vacío, es un ángel quien les anuncia la Resurrección de Jesús”.

Más adelante explicó también que “el Ángel de la resurrección hace referencia a otro significado. Tenemos que recordar que el término ‘ángel’, además de definir a los Ángeles, creaturas espirituales dotadas de inteligencia y voluntad, servidores y mensajeros de Dios, es también uno de los títulos más antiguos que se atribuyen al mismo Jesús”.

“Por ejemplo dice Tertuliano: ‘Él –es decir Cristo- también ha sido llamado «ángel del consejo», es decir anunciador, un término que denota un oficio, no la naturaleza. En efecto, debía anunciar al mundo el gran designo del Padre para la restauración del hombres”, agregó.

Así mismo resaltó que “Jesucristo, el Hijo de Dios, es también llamado el Ángel de Dios Padre: Él es el Mensajero por excelencia de su amor. Queridos amigos, pensemos ahora en lo que Jesús resucitados dice a los Apóstoles: ‘Como el Padre me ha enviado, así envió yo a vosotros’. Esto quiere decir que, como Jesús ha sido anunciador del amor de Dios Padre, también nosotros lo debemos ser de la caridad de Cristo: somos mensajeros de su resurrección, de su victoria sobre el mal y la muerte, portadores de su amor divino”.

“Recibimos la misión de ángeles, mensajeros de Cristo, en el Bautismo y en la Confirmación. Y en modo especial mediante el sacramento del Orden los sacerdotes, ministros Cristo”, dijo también el Papa.

Finalmente el Papa pidió a la Virgen María nos “ayude a acoger plenamente la gracia del misterio pascual y a ser mensajeros valientes y alegres de la resurrección del Cristo”.

Seguidamente rezó el Regina Coeli, saludó a los presentes en diversos idiomas, e impartió su Bendición apostólica.



Fuente: ACI Prensa