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martes, 3 de mayo de 2011

Diferencia entre beatificación y canonización

Para entender cual es la diferencia entre un beato y un santo, traigo esta noticia del año 2005, cuando fueron beatificados ocho Siervos de Dios.. esta vez no por el Papa, sino por un representante:

Ciudad del Vaticano, 2 Nov. 05 (AICA) El sábado pasado, por primera vez no fue el Papa sino el prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, cardenal José Saraiva Martins, quien presidió el rito de beatificación de ocho siervos de Dios. Con ese motivo, el cardenal Saraiva Martins explicó las razones teológicas de los cambios introducidos por Benedicto XVI. Lo hizo en una entrevista concedida a la revista 30 Giorni, en la que respondió también a posiciones contrarias de algunos teólogos.

Al delegar la presidencia de los ritos de beatificación en un cardenal -aclaró el Purpurado-, Benedicto XVI quiere subrayar la diferencia radical entre este pronunciamiento y el de la canonización, que implica a su Magisterio infalible.

La decisión de volver a delegar las beatificaciones, como se hacía hasta antes de Pablo VI, aclara el cardenal, se debe a la diferencia de carácter de este acto pontificio.

“Siempre hay que tener en cuenta -señaló el presidente del dicasterio- que ambos son actos pontificios, pero con las beatificaciones el Papa concede que localmente o en determinadas familias religiosas se pueda rendir culto público a un siervo de Dios; mientras que con las canonizaciones el beato es declarado santo y el culto se convierte en obligatorio para toda la Iglesia”.

En las canonizaciones “la Iglesia actúa con un pronunciamiento que tiene el carácter de decreto definitivo y preceptivo para toda la Iglesia, comprometiendo el magisterio solemne del Romano Pontífice. Mientras que en el caso de las beatificaciones esto no sucede”.

El cardenal desmiente los rumores según los cuales Benedicto XVI no querría proclamar tantos santos o beatos como Juan Pablo II.

“Hasta ahora no hay señales en este sentido”, reveló. “Nuestra Congregación tiene unas dos mil causas en lista de espera y ya están listos 400 informes -la llamada "positio"- para ser examinados. El trabajo avanza regularmente, como en los últimos años”.

Por lo que se refiere al proceso de Juan Pablo II, explica que “comenzó su fase diocesana y procede como todas las demás”, aclarando que no es una causa de martirio.

“Sólo pueden considerarse mártires quienes voluntariamente han derramado su sangre, los que han sido asesinados "por odio a la fe". No me cabe la menor duda de que Juan Pablo II, si se hubiera hallado en esas condiciones, hubiera afrontado con valentía la prueba del martirio. Pero, según los hechos, no creo que estas condiciones se hayan verificado”, aclaró. Algunas personas consideraban que su sangre derramada en la plaza de San Pedro del Vaticano con motivo del atentado ya justificaba el que fuera un mártir.

Con referencia a la causa de Pío XII, el cardenal indicó que el informe sobre sus virtudes ya concluyó. “Se espera el juicio de los teólogos y el de los cardenales reunidos en congregación ordinaria”.

Por último, reveló que la causa del arzobispo de San Salvador, monseñor Oscar Arnulfo Romero, asesinado mientras celebraba la Eucaristía, todavía no ha superado las reservas expresadas por la Congregación para la Doctrina de la Fe, motivo por el cual el proceso no sigue su curso ordinario en la Congregación para los Santos.

Fuente: AICA

jueves, 28 de abril de 2011

El milagro de Juan Pablo II, testimonio de Marie Simon-Pierre

Roma (Italia), 28 Abr. 11 (AICA) La curación, científicamente inexplicable según una comisión de científicos, del Parkinson que padecía la hermana Marie Simon-Pierre, religiosa de la Congregación de las Hermanitas de las Maternidades Católicas, nacida en 1961 en Rumilly-en-Cambrésis, es el milagro que permitió la beatificación de Juan Pablo II, que tendrá lugar el 1 de mayo. La misma hermana Simon-Pierre relata su experiencia.

Testimonio de la Hermana Marie Simon-Pierre

“En junio de 2001 me diagnosticaron que padecía el Mal de Parkinson. La enfermedad había afectado toda la parte izquierda del cuerpo creándome graves dificultades pues soy zurda. Después de tres años, a la fase inicial de la enfermedad, lenta pero progresiva, siguió un agravamiento de los síntomas: acentuación de los temblores, rigidez, dolores, insomnio.

Desde el 2 de abril de 2005 empecé a empeorar de semana en semana, desmejoraba de día en día, no era capaz de escribir (repito que soy zurda) y si lo intentaba, lo que escribía era ininteligible. Podía conducir sólo en recorridos breves, porque la pierna izquierda se bloqueaba a veces y la rigidez habría impedido el conducir. Para llevar a cabo mi trabajo, en un hospital, empleaba más tiempo del normal. Estaba agotada.

Después de saber el diagnóstico, me resultaba difícil ver a Juan Pablo II en la televisión. Me sentía, sin embargo, muy cercana a él en la oración y sabía que él podía entender lo que yo vivía. Admiraba también su fuerza y su valor, que me estimulaban para no rendirme y para amar este sufrimiento, porque sin amor no tenía sentido todo esto. Puedo decir que era una lucha diaria, pero mi único deseo era vivirla con fe y en la adhesión amorosa a la voluntad del Padre.

En la Pascua de 2005 deseaba ver a nuestro Santo Padre en la televisión porque sabía, en mi interior, que sería la última vez. Me preparé durante toda la mañana a aquel "encuentro" sabiendo que sería muy difícil para mí, pues me haría ver cómo me encontraría yo de ahí a algún año. Me resultaba aún más duro siendo relativamente joven. Un servicio inesperado, sin embargo, me impidió verlo.

En la tarde del 2 de abril nos reunimos toda la comunidad para participar en la vigilia de oración en la plaza de San Pedro, retransmitida en directo por la televisión francesa. Todas juntas escuchamos el anuncio del fallecimiento de Juan Pablo II; en ese momento, se me cayó el mundo encima, había perdido al amigo que me entendía y que me daba la fuerza para seguir adelante. En los días siguientes, tenía la sensación de un vacío enorme, pero también la certeza de su presencia viva.

El 13 de mayo, fiesta de Nuestra Señora de Fátima, el papa Benedicto XVI anunciaba la dispensa especial para iniciar la causa de beatificación de Juan Pablo II. A partir del día siguiente, las hermanas de todas las comunidades francesas y africanas empiezan a pedir mi curación por intercesión de Juan Pablo II. Rezan incesantemente hasta que les llega la noticia de la curación.

En ese período estaba de vacaciones. El 26 de mayo, terminado el tiempo de descanso, vuelvo totalmente agotada por la enfermedad. "Si crees, verás la gloria de Dios": esta frase del Evangelio de san Juan me acompañaba desde el 14 de mayo.

El 1 de junio ya no podía más, luchaba por mantenerme de pie y caminar.

El 2, por la tarde, fui a buscar a mi superiora para pedirle si podía dejar el trabajo. Ella me animó a resistir un poco más hasta mi vuelta de Lourdes, en agosto, y añadió: "Juan Pablo II no ha dicho aún su última palabra" (Juan Pablo II estaba seguramente allí, en aquel encuentro que transcurrió sereno y en paz). Después, la madre superiora me dio una pluma y me dijo que escribiera: "Juan Pablo II". Eran las 5 de la tarde. Con esfuerzo escribí: "Juan Pablo II". Nos quedamos en silencio ante la letra ilegible. Después, la jornada continuó como de costumbre.

Al terminar la oración de la tarde, a las 9 de la noche, pasé por mi despacho antes de ir a mi habitación. Sentía el deseo de tomar la pluma y escribir, algo así como si alguien en mi interior me dijese: "Toma la pluma y escribe". Eran las 9.30-9.45 de la noche. Con gran sorpresa vi que la letra era claramente legible: sin comprender nada, me acosté. Habían pasado exactamente dos meses desde la partida de Juan Pablo II a la Casa del Padre... Me desperté a las 4.30 sorprendida de haber podido dormir y de un salto me levanté de la cama: mi cuerpo ya no estaba insensible, rígido, e interiormente no era la misma.

Después, sentí una llamada interior y el fuerte impulso de ir a rezar ante el Santísimo Sacramento. Bajé al oratorio y recé ante el Santísimo. Experimenté una profunda paz y una sensación de bienestar; una experiencia demasiado grande, un misterio difícil de explicar con palabras.

Después, ante el Santísimo Sacramento, medité sobre los misterios de luz de Juan Pablo II. A las 6 de la mañana, salí para reunirme con las hermanas en la capilla para un rato de oración, al que siguió la celebración eucarística.

Tenía que recorrer cerca de 50 metros y en aquel mismo momento me di cuenta de que, mientras caminaba, mi brazo izquierdo se movía, no permanecía inmóvil junto al cuerpo. Sentía también una ligereza y agilidad física que no sentía desde hacía tiempo.

Durante la celebración eucarística estaba llena de alegría y de paz; era el 3 de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Al salir de la santa misa, estaba segura de mi curación, mi mano no temblaba más. Fui otra vez a escribir y al mediodía dejé de tomar las medicinas.

El 7 de junio, como estaba previsto, fui al neurólogo, mi médico desde hacía cuatro años. También él quedó sorprendido al constatar la desaparición de todos los síntomas de la enfermedad, a pesar de haber interrumpido el tratamiento desde hacía cinco días. El día después, la superiora general confió a todas nuestras comunidades la acción de gracias y toda la congregación comenzó una novena en acción de gracias a Juan Pablo II.

Han pasado ya diez meses desde que interrumpí todo tipo de tratamiento. He vuelto a trabajar normalmente, no tengo dificultad para escribir y conduzco también en recorridos largos. Me parece como si hubiese renacido: una vida nueva, porque nada es igual que antes.

Hoy puedo decir que un amigo dejó nuestra tierra, pero está ahora mucho más cerca de mi corazón. Hizo crecer en mí el deseo de la adoración al Santísimo Sacramento y el amor a la Eucaristía, que ocupan un puesto prioritario en mi vida cotidiana.

Lo que el Señor me concedió por intercesión de Juan Pablo II es un gran misterio difícil de explicar con palabras, algo muy grande y profundo. Pero nada hay imposible para Dios. Sí, "si crees, verás la gloria de Dios".



Fuente: AICA

domingo, 16 de enero de 2011

Benedicto XVI beatificará a Juan Pablo II el próximo 1 de mayo

Ciudad del Vaticano, 14 Ene. 11 (AICA) El Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, padre Federico Lombardi SJ, informó hoy que el papa Benedicto XVI beatificará a Juan Pablo II el próximo 1º de mayo, segundo domingo de Pascua, al que el papa Wojtyla declaró Domingo de la Divina Misericordia.

Sobre la beatificación de Juan Pablo II se publicó hoy una nota informativa de la Congregación para las Causas de los Santos en la que se señala que este viernes 14 de enero “durante la audiencia concedida al cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, el Papa autorizó a este dicasterio a promulgar el Decreto sobre el milagro atribuido a la intercesión del Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II (Karol Wojtyla). Este acto pone fin al proceso que precede al rito de beatificación”.

El texto explica luego que la causa de beatificación de Juan Pablo II se inició antes de que transcurrieran los cinco años desde la muerte del Siervo de Dios, que exigen las normas vigentes, gracias a una dispensa pontificia, debido a "la imponente fama de santidad de la que gozó Juan Pablo II en su vida, en la muerte y después de la muerte. Por lo demás, se observaron en su totalidad las disposiciones canónicas comunes acerca de las causas de beatificación y canonización".

"De junio de 2005 a abril de 2007 tuvieron lugar la investigación diocesana principal romana y las rogatoriales en diferentes diócesis, sobre la vida, las virtudes y la fama de santidad y de milagros.

La validez jurídica de los procesos canónicos fue reconocida por la Congregación para las Causas de los Santos con el Decreto del 4 de mayo de 2007.

En junio de 2009, examinada la "Positio" (expediente de la causa), nueve consultores teólogos de la Congregación dieron su parecer positivo sobre la heroicidad de las virtudes del Siervo de Dios.

En noviembre, siguiendo el procedimiento habitual, la misma "Positio" fue sometida al juicio de los cardenales y obispos de la Congregación para las Causas de los Santos, que se expresaron con sentencia afirmativa.

"El 19 de diciembre de 2009, el Sumo Pontífice Benedicto XVI autorizó la promulgación del decreto sobre la heroicidad de las virtudes.

"En vista de la beatificación del Venerable Siervo de Dios, la postulación de la causa presentó al examen de la Congregación para las Causas de los Santos la curación de la "enfermedad de Parkinson" de la hermana Marie Simon Pierre Normand, religiosa del Institut des Petites Soeurs des Maternités Catholiques.

"Como es habitual, las numerosas actas de la investigación canónica, regularmente instruida, junto con los detallados exámenes médico-legales, se sometieron al examen científico de la Consulta Médica de la Congregación para las Causas de los Santos, el 21 de octubre de 2010.

Los expertos, indica el texto, tras haber estudiado con la habitual minuciosidad los testimonios procesales y toda la documentación, se expresaron a favor de que la curación era científicamente inexplicable.

Los consultores teólogos, tras haber revisado las conclusiones médicas, el 14 de diciembre de 2010 procedieron a la valoración teológica del caso y reconocieron por unanimidad la unicidad, la antecedencia y la invocación coral dirigida al Siervo de Dios Juan Pablo II, cuya intercesión había sido eficaz para la curación milagrosa.

El comunicado concluye indicando que el 11 de enero de 2011 se celebró la Sesión Ordinaria de cardenales y obispos de la Congregación para las Causas de los Santos que "emitió un fallo unánime y afirmativo, considerando milagrosa la curación de la hermana Marie Simon Pierre, en cuanto realizada por Dios de modo científicamente inexplicable, después de interceder al Papa Juan Pablo II, invocado con confianza tanto por la misma persona curada como por muchos otros fieles".

Traslado de los restos de Juan Pablo II

Al anunciar la beatificación del 1º de mayo próximo, la Oficina de Información de la Santa Sede informó que los restos e Juan Pablo II serán trasladados de las Grutas Vaticanas a la Basílica de San Pedro.

El lugar elegido es la capilla de San Sebastián, debajo del altar del papa beato Inocencio XI, situada a la derecha de la basílica, entre la capilla de la Piedad de Miguel Ángel y la del Santísimo Sacramento.

El traslado del ataúd se realizará sin exhumación: por tanto el cuerpo del papa Karol Wojtyla no será expuesto, sino que se mantendrá cerrado por una lápida de mármol, en la que se puede leer "Beatus Ioannes Paulus II".

La tumba de Juan Pablo II en las Grutas Vaticanas atrae más de veinte mil peregrinos diarios, muchos de los cuales dejan flores, cartas o recuerdos sobre la lápida blanca de mármol de Carrara.

Ahora, Juan Pablo II será amigo e intercesor del pueblo

El secreto de la santidad de Juan Pablo II no está tanto en sus obras, sino en la fe y amor que las hicieron posibles, y ahora se convierte en amigo e intercesor del pueblo, dijo el padre Federico Lombardi SJ, director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, al explicar el anuncio de la aprobación por parte de Benedicto XVI de un milagro atribuido a la intercesión de Karol Wojtyla, que abre las puertas a su beatificación.

Juan Pablo II falleció el 2 de abril de 2005, cuando litúrgicamente la Iglesia había entrado en el domingo de la Divina MisericordiaMisericordia.

"La Iglesia reconoce que Karol Wojtyla dio un testimonio eminente y ejemplar de vida cristiana, es un amigo y un intercesor que ayuda al pueblo en camino a dirigirse a Dios y a encontrarse con Él", reconoce el padre Lombardi en el editorial del último número de "Octava Dies", semanario del Centro Televisivo Vaticano.

"Por más extraordinarias que sean, no estamos concentrando la atención en las obras de Juan Pablo II, sino en su manantial espiritual, su fe, su esperanza, su caridad", afirma.

"Las obras hay que admirarlas precisamente porque son expresión de la profundidad y de la autenticidad de su relación con Dios, de su amor por Cristo y por todas las personas humanas, comenzando por los pobres y débiles; de su tierno amor filial con la Madre de Jesús", asegura el portavoz.

El padre Lombardi considera que Juan Pablo II es recordado, de este modo, "en su profundo y prolongado recogimiento en oración; en su deseo por celebrar y anunciar a Jesús redentor y salvador del hombre, por darlo a conocer y a amar a los jóvenes y a todo el mundo; por su atención afectuosa a los enfermos y a los que sufren, por sus visitas a los pueblos más necesitados de comida y justicia; por último, en su paciente y auténtica experiencia de sufrimiento personal, de enfermedad vivida en la fe, ante Dios y ante todos nosotros".

"Su vida y su pontificado han quedado caracterizados por la pasión de dar a conocer a todo el mundo en el que vivió, el mundo de nuestra dramática historia en el paso de dos milenios, la consoladora y entusiasmante grandeza de la misericordia de Dios. Es lo que necesita el mundo".

"Por ello –concluye-, tendremos la alegría de celebrar la beatificación en el día en el que él mismo quiso que la Iglesia dirija su mirada y su oración a la Divina Misericordia".
Fuente: AICA

jueves, 26 de agosto de 2010

Ceferino Namuncurá, Beato

La santidad de Ceferino es expresión y fruto de la espiritualidad juvenil salesiana, una espiritualidad hecha de alegría, de amistad con Jesús y María, de cumplimiento de los propios deberes y de entrega por los demás. Ceferino representa la prueba más convincente de la fidelidad con la que los primeros misioneros mandados por don Bosco lograron repetir aquello que él había hecho en el Oratorio de Valdocco: formar jóvenes santos. Este sigue siendo nuestro compromiso de hoy, en un mundo que necesita jóvenes impulsados por un claro sentido de la vida, audaces en sus opciones y firmemente centrados en Dios mientras sirven a los demás.

La vida de Ceferino es una parábola de tan sólo 19 años, pero rica de enseñanzas.

Nació en Chimpay el día 25 de agosto de 1886 y fue bautizado, dos años más tarde, por el misionero salesiano don Milanesio, que había mediado en el acuerdo de paz entre los mapuches y el ejército argentino, haciendo posible al papá de Ceferino conservar el título de "gran cacique" para sí, y también el territorio de Chimpay para su pueblo. Tenía 11 años cuando su padre lo inscribió en una escuela estatal de Buenos Aires, pues quería hacer del hijo el futuro defensor de su pueblo. Pero Ceferino no se encontró a gusto en aquel centro y el padre lo pasó al colegio salesiano "Pío IX". Aquí inició la aventura de la gracia, que transformaría a un corazón todavía no iluminado por la fe en un testigo heroico de vida cristiana. Inmediatamente sobresalió por su interés por los estudios, se enamoró de las prácticas de piedad, se apasionó del catecismo y se hizo simpático a todos, tanto a compañeros como a superiores. Dos hechos lo lanzaron hacia las cimas más altas: la lectura de la vida de Domingo Savio, de quien fue un ardiente imitador, y la primera Comunión, en la que hizo un pacto de absoluta fidelidad con su gran amigo Jesús. Desde entonces este muchacho, que encontraba difícil "ponerse en fila" y "obedecer al toque de la campana", se convirtió en un modelo.

Un día —Ceferino ya era aspirante salesiano en Viedma— Francesco De Salvo, viéndolo llegar a caballo como un rayo, le gritó: "Ceferino, ¿qué es lo que más te gusta?". Se esperaba una respuesta que guardara relación con la equitación, arte en el que los araucanos eran maestros, pero el muchacho, frenando al caballo, dijo: "Ser sacerdote", y continuó corriendo.

Fue precisamente durante aquellos años de crecimiento interior cuando enfermó de tuberculosis. Lo hicieron volver a su clima natal, pero no bastó. Monseñor Cagliero pensó entonces que en Italia encontraría mejores atenciones médicas. Su presencia no pasó inadvertida en la nación, pues los periódicos hablaron con admiración del príncipe de las pampas. Don Rúa lo hizo sentar a la mesa con el consejo general. Pío X lo recibió en audiencia privada, escuchándole con interés y regalándole su medalla "ad principes". El día 28 de marzo de 1905 tuvo que ser internado en el Fatebenefratelli (Hermanos de San Juan de Dios) de la isla Tiberina, donde murió el día 11 de mayo siguiente, dejando tras de sí una impronta de voluntad, diligencia, pureza y alegría envidiables.
Era un fruto maduro de espiritualidad juvenil salesiana. Sus restos se encuentran ahora en el santuario de Fortín Mercedes, de Argentina, y su tumba es meta de peregrinaciones ininterrumpidas, porque goza de una gran fama de santidad entre el pueblo argentino.

Ceferino encarna en sí los sufrimientos, las angustias y las aspiraciones de su gente mapuche, la misma gente que a lo largo de los años de su adolescencia encontró el Evangelio y se abrió al don de la fe bajo la guía de sabios educadores salesianos. Hay una expresión que recoge todo su programa: "Quiero estudiar para ser útil a mi pueblo". En efecto, Ceferino quería estudiar, ser sacerdote y volver entre su gente para contribuir al crecimiento cultural y espiritual de su pueblo, como había visto hacer a los primeros misioneros salesianos.

Al santo nunca se le puede comparar con un meteoro que atraviesa imprevistamente el cielo de la humanidad, sino que más bien es el fruto de un largo y silencioso engendro de una familia y de un pueblo que quieren plasmar en aquel hijo sus mejores cualidades.

La beatificación de Ceferino es una invitación a creer en los jóvenes, también en los que apenas han sido evangelizados, y a descubrir la fecundidad de Evangelio, que no destruye nada de aquello que es verdaderamente humano, y la aportación metodológica de la educación en este estupendo trabajo de configuración de la persona humana que llega a reproducir en sí la imagen de Cristo.

Quien piense que la fe religiosa es una forma de adaptación o de falta de compromiso por el cambio social, se equivoca, pues es totalmente lo contrario, ya que se convierte en la energía que hace posible la transformación de la historia. La santidad, que para algunos evoca la singularidad de una condición considerada poco adherente a la vida cotidiana, significa, por el contrario, la plenitud de la humanidad puesta en práctica. El santo es una persona auténtica, realizada y feliz. Los testimonios de los contemporáneos de Ceferino son unánimes al afirmar la voluntad de su corazón y la seriedad de su compromiso. "Sonríe con los ojos", decían los compañeros. Era un adolescente admirable, santo, que hoy puede —debe— ser propuesto como modelo y ejemplo a los jóvenes. Toda la Familia Salesiana de Argentina, reconocida a Dios por el extraordinario don que le ha concedido en Ceferino, tiene la obligación de sentirse responsable de mantener viva su memoria, y de estar convencida de que puede continuar proponiendo a los jóvenes itinerarios concretos de santidad.

Mientras alabamos y damos gracias al Señor por este nuevo pequeño baldosín del bello mosaico de la santidad salesiana, renovemos nuestra fe en los jóvenes, en la inculturación del Evangelio y en el sistema preventivo.

D. Pascual Chávez Villanueva, s.d.b
rector mayor


Fuente: http://www.vatican.va (Sitio oficial del Vaticano)