jueves, 4 de noviembre de 2010

La Iglesia vive de la Eucaristía

Cristo nos regala con una de esas palabras suyas que dejan un agradable sabor de boca, pero también son una invitación al trabajo, a la labor, al desvelo por las cosas de Dios.

Podemos partir de una palabra de los Hechos de los Apóstoles. Después de describirnos el cierto miedo que les causaba a los cristianos la presencia de Pablo ya convertido, por sus anteriores acciones, pasa a describirnos la situación de la comunidad cristiana: “En aquellos días las comunidades cristianas gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria, con lo cual se iban consolidando, progresaban en la fidelidad a Dios y se multiplicaban, animadas por el Espíritu Santo”.

Es una descripción muy breve, pero los verbos empleados no nos dejan duda de lo que estaba ocurriendo en ese entonces: había paz en el ambiente, y asombrosamente, sin meterse en más, nos dice que tres comunidades judías que en cierto modo eran irreconciliables en el judaísmo, con la aparición de Cristo iban entrando en la paz y en la fraternidad. Y los verbos que usa en la segunda frase de la oración también son muy significativos: la Iglesia se consolidaba, progresaba en la fidelidad a Dios y se multiplicaba en sus miembros, “animadas por el Espíritu Santo”, lo cuál nos hace ver como la mano de Dios estaba en ello, y los hombres secundaban la iniciativa divina haciendo que la Palabra de Dios progresara y llegara a todos los lugares conocidos en ese tiempo.

Llama poderosamente la atención, porque hoy estamos asistiendo a un fenómeno contrario, parece que mucha gente se está yendo de la Iglesia, pareciera como que la Iglesia en cuanto universal o católica, está establecida en todas las naciones, y eso nos haría prorrumpir en cantos de victoria, de triunfo y de regocijo. Pero las cifras no pueden ser menos elocuentes: en algunas naciones de Asia el número de los cristianos no llega al 2%, en África el mensaje se propaga con dificultad, en Europa va ganando el indiferentismo, y en América las sectas están absorbiendo a buenos sectores de la población católica. No nos inquieta eso? Si somos familia sí tendríamos que ver con pena que el domingo un miembro se va a la Misa, otro con los “cristianos”, otro con los testigos de Jehová, y varios de ellos se quedan indiferentes en casa, acostados o viendo televisión o practicando algún deporte.

Y aquí tenemos que conectar con Cristo que deja oír clara su voz. “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos... permanezcan en mí y yo en ustedes... no podrán dar fruto si no permanecen en mí... al que no permanece en mí se le echa fuera...”.

Y esto sí que nos hace pensar. ¿Estamos unidos a Cristo? Quizá la misma pregunta nos ofendería, pues nos consideramos católicos, y católicos de hueso colorado, pues asistimos a las peregrinaciones, tomamos ceniza el miércoles de inicio de cuaresma, nos damos una vueltecita por las Iglesias el jueves santo, traemos un escapulario colgado al cuello, o lucimos un buen medallón de oro con la imagen de la Virgen de Guadalupe, nunca rehusamos ser padrinos de bautismo aunque no se está casado por la Iglesia... y así podríamos ir enumerando otras linduras para afirmar nuestra pertenencia a la Iglesia y a la fe.

Pero parece que el asunto va mucho mas allá que eso, pues San Juan en su primera carta nos hace oír también su voz: “No amemos solamente de palabra: amémonos de verdad y con las obras... si cumplimos los mandamientos de Dios y hacemos lo que le agrada... éste es el mandamiento: que creamos en la persona de Jesucristo, su Hijo y nos amemos los unos a los otros...”.

Vivir unidos hoy a Cristo será entonces creer en su divinidad, tener sus mismos sentimientos, amar de verdad a los que nos rodean, y comenzar a salir a las calles, a las plazas, a los centros de reunión, a los medios de comunicación social, y decirle a las gentes que Cristo está vivo, y que vive para los suyos y que no estaremos solos, que siempre estará con nosotros.

En esta cadenita de ideas, tenemos que topar entonces con la Palabra del Papa que nos ha regalado un precioso documento eucarístico-eclesial, y que nos recuerda que no podemos pensar que estamos unidos a Cristo si no lo estamos a su Eucaristía: la Iglesia tiene un gozo muy grande que no puede esconder: “*He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo*; en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de ésta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, éste divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada espera”.

El Papa siente que “hay sitios donde se constata un abandono casi total del culto de adoración eucarística”, por lo tanto, ahí no puede haber progreso, ni solidaridad, ni paz, la Iglesia no crecería, y vería cada vez mas menguadas sus fuerzas y su avance en la misión evangelizadora que el Padre le confía.

Y aquí es donde veo que está la clave para que la Iglesia crezca lozana, frondosa, y dinámica, tal como el Papa lo señala con toda claridad: “contemplar el rostro de Cristo y contemplarlo con María, es el “programa” que he indicado a la Iglesia en el alba del tercer milenio, invitándola a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización. Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste, en sus múltiples presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de él se alimenta y por él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe y al mismo tiempo, “misterio de luz”. Cada vez que la Iglesia celebra, lo fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: “Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron”.

Mi conclusión es entonces muy sencilla: si queremos una Iglesia pujante, fuerte, dinámica y evangelizadora, si queremos cristianos comprometidos, eficaces, inteligentes y fuertes en su fe y en su apostolicidad, vamos preocupándonos por estar cada vez más unidos a Cristo eucarístico, cada vez más unidos a la Eucaristía, y entonces estaremos teniendo cada vez más los mismos sentimientos de Cristo y la Iglesia se mostrará intrépida y generosa, reduciendo a cenizas las banderas del mal, para implantar en el corazón de todos los hombres el mensaje de salvación: “yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.



Autor: P. Alberto Ramírez Mozqueda | Fuente: Catholic.net

martes, 2 de noviembre de 2010

¡Nuestros queridos muertos!

Muchas veces nos hemos preguntado en nuestra América Latina: -¿A qué viene, y cómo se explica, la devoción de nuestros pueblos a los Fieles Difuntos?

No podemos ni queremos establecer comparación con otras culturas no cristianas, que no tienen nuestra esperanza, y que son también muy apegadas al culto de sus muertos. Hablamos de nosotros porque tenemos fe. Sabemos que los que nos precedieron están en el seno de Dios. Y sin embargo, pensamos mucho en ellos, rezamos mucho por ellos, y los muertos están presentes en nuestra familias como lo estuvieron en vida.

No pasa así en otras civilizaciones también cristianas --que se dicen superiores (!)-- y que ante sus muertos se muestran bastante frías...

Hablando, pues, de nosotros, ciertamente que hay dos explicaciones, muy legítimas las dos, y también bastante claras, en este proceder nuestro con los difuntos: el amor familiar y el buen corazón de nuestras gentes.

La primera, el amor familiar, es evidente. Nuestros pueblos conservan, gracias a Dios, un gran apego a la familia. Y es natural que, al llegar este día, sintamos la necesidad de hacer más presentes entre nosotros a los seres queridos que se nos fueron.

La segunda explicación que se da es el buen corazón, que nos hace sentir muy de cerca el dolor de los demás. Y eso de pensar que nuestros difuntos están a lo mejor todavía purificándose en aquel fuego devorador que, según la piedad y la fe cristiana, llamamos Purgatorio, eso nos llega muy al fondo del alma. Y eso es también lo que nos mueve a intensificar nuestros sufragios ante Dios por las almas benditas.

Hablando de esta segunda razón --el buen corazón de nuestros pueblos--, explicaba un prestigioso sacerdote latinoamericano:
- Pasa con los Difuntos como lo que ocurre en nuestros pueblos con el Santo Cristo. Se le tiene una devoción muy especial. Por ejemplo, llega la Semana Santa, y hay que ver las plegarias ante el Señor que sufre y cómo se le acompaña en procesiones penitenciales... Pasa el Sábado Santo con el recuerdo de la Virgen Dolorosa, y dice poco la celebración del Señor que resucita. ¿A qué obedece este fenómeno, a sólo cultura o a un sentimiento muy profundo del corazón?...

Nosotros aceptamos esta realidad: los difuntos nos dicen mucho al corazón, y los recordamos, rogamos por ellos, y los seguiremos encomendando siempre al Señor.

Pero, ¿qué debemos pensar de las penas del Purgatorio, de las cuales queremos aliviar a nuestros queridos difuntos? Aquí deberíamos tener las ideas muy claras. La Iglesia, guiada siempre en su fe por el Espíritu Santo, es quien tiene la palabra. Y lo que nos enseña nuestra fe se puede resumir en dos o tres afirmaciones breves y seguras.

Es cierto que en la Gloria de Dios no puede entrar nada manchado. Quien tenga pecado mortal --que quiere decir esto: de muerte eterna-- no verá jamás a Dios.

¿Y quien no tenga pecado mortal, sino faltas ligeras, apego a las criaturas, amor muy imperfecto a Dios, mezclado con tanto polvo y tantas salpicaduras de fango que se nos apegan siempre?... A la condenación eterna no va el que muere en estas condiciones, pero tampoco puede entrar en un Cielo que no admite la más mínima mancha de culpa.

Para eso está el Purgatorio, que significa eso: lugar de limpieza, de purificación. Lo cual es una gran misericordia de Dios. Si no existiera esa purificación y limpieza, ¿quién entraría en el Cielo, fuera de niños inocentes y de grandes santos que apenas se han manchado con culpa alguna?

San Juan Bautista Vianney, el Párroco de Ars, lo explicaba así en sus catequesis famosas:
- Cuando el hombre muere, se halla de ordinario como un pedazo de hierro cubierto de orín, que necesita pasar por el fuego para limpiarse.

¿Y qué podemos hacer nosotros? Pues, mucho. Al ser cierto que todos los miembros de la Iglesia formamos un solo Cuerpo, y que está establecida entre todos la Comunión de los Santos --es decir, la comunicación de todos nuestros bienes de gracia--, todos podemos rogar los unos por los otros.

Nosotros rogamos por las almas benditas para que Dios les alivie sus penas y las purifique pronto, pronto, y salgan rápido del Purgatorio.

Y esas almas tan queridas de Dios, que tienen del todo segura su salvación, ruegan también por nosotros, para que el Señor nos llene de sus gracias y bendiciones.

Ésta ha sido siempre la fe de la Iglesia Católica.

Esto hacemos cada día cuando en la Misa ofrecemos a Dios la Víctima del Calvario, Nuestro Señor Jesucristo, glorificado ahora en el Cielo, pero que se hace presente en el Altar y sigue ofreciéndose por la salvación de todos: de los vivos para que nos salvemos, y de los difuntos que aún necesitan purificación.

Eso hacemos también con todas nuestras plegarias por los difuntos.

Esto hace la Iglesia especialmente en este día, con una conmemoración que nos llena el alma de dulces recuerdos, de cariños nunca muertos, de esperanza siempre viva...

¡Los Difuntos! ¡Nuestros queridos Difuntos! No los podemos olvidar delante de Dios, desde el momento que los queremos tanto....



Autor: P. Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net

lunes, 1 de noviembre de 2010

Un ejemplo sobre la Comunión de los Santos

Lo leí hace tiempo, pero no lo recordaba. Me encuentro en las Últimas Conversaciones (Cuaderno Amarillo, 15.7.5) de Santa Teresa de Lisieux una descripción maravillosa de la Comunión de los santos. ¿Acaso no celebramos hoy este Misterio? ¿Acaso en la Iglesia lo invisible y santificador no es tanto o más real que lo visible?

¡Uno sostiene a los demás! ¡Todos apoyan a quien está débil en la fe! La caridad de uno refuerza a otro. Y sin conocerse, amando de forma nueva al entregarse al Misterio de la Comunión eclesial. Quien se santifica y sube a Dios, santifica y hace que otros suban un poco más a Dios, aunque personalmente jamás se hayan tratado.

"Sor María de la Eucaristía quería encender las velas para una procesión. No tenía cerillas, pero al ver la lamparilla que arde ante las reliquias, se acercó; pero, ¡ay!, la encontró medio apagada, no quedaba más que un débil destello en la mecha carbonizada. Sin embargo, consiguió encender su vela, y, gracias a esa vela, se fueron encendiendo todas las de la comunidad. Fue aquella lamparita medio apagada la que produjo aquellas hermosas llamas que, a su vez, hubieran podido producir infinidad de otras e incluso incendiar el universo. Sin embargo, la causa primera de ese incendio se debería siempre a aquella lamparita. ¿Podrán entonces las hermosas llamas, sabiendo esto, gloriarse de haber provocado semejante incendio, cuando ellas mismas sólo se encendieron gracias a aquella centellita...?

Lo mismo ocurre con la comunión de los santos. Muchas veces, sin que nosotros lo sepamos, las gracias y las luces que recibimos se las debemos a un alma escondida, porque Dios quiere que los santos se comuniquen la gracia unos a otros por medio de la oración, para que en el cielo se amen con un gran amor, con un amor todavía mucho mayor que el amor de la familia, hasta el de la familia más ideal de la tierra. ¡Cuántas veces he pensado si no deberé yo todas las gracias que he recibido a las oraciones de un alma que haya pedido por mí a Dios y a la que no conoceré más que en el cielo!

Sí, una centellita muy pequeña puede hacer brotar grandes lumbreras en toda la Iglesia, como doctores y mártires, que estarán muy por encima de ella en el cielo; ¿pero quién podrá decir que su gloria no se tornará la de ella?

En el cielo no habrá miradas de indiferencia, porque todos los elegidos reconocerán que se deben unos a otros las gracias que les han merecido la corona".

Fuente: http://corazoneucaristicodejesus.blogspot.com

Todos los Santos... que están en el Cielo

La Iglesia católica recuerda y venera, en este día, a todos los Santos que están en el Cielo.

El objeto de esta fiesta es agradecer a Dios por la gracia que ha concedido a sus elegidos y movernos a imitar sus virtudes y a seguir su ejemplo o a implorar la divina misericordia por la intercesión de tan poderosos abogados.

Todos los que están en la presencia del Señor son santos. Unos en los altares, otros anónimos pero no por eso menos cerca del corazón del Padre Eterno.

Hay santos de todas las edades, de todas las razas y condiciones sociales para mostrarnos que todos los hombres y mujeres podemos y somos capaces de ser santos. Unos nacieron en el lujo de los palacios y otros en humildes chozas. Unos fueron militares, otros comerciantes, magistrados, pescadores, monjas , religiosos, personas casadas, reyes, viudas, esclavos y hombres libres y pecadores.

Los hay que llegaron a la santidad por el martirio y los hay que se santificaron día a día con el cumplimiento de las cosas cotidianas, con las pequeñas cosas. Se santificaron en las circunstancias ordinarias de su vida: lo mismo en la prosperidad que en la adversidad, en la salud o en la enfermedad, en la riqueza o en la pobreza. Siempre supieron hacer, de las circunstancias de su vida un medio de santificación.

En esta fiesta como en las demás conmemoraciones de los santos, es Dios quién constituye el objeto supremo de Adoración y a El va dirigida fundamentalmente la veneración que tributamos a sus siervos, pues El es el dador de todas las gracias.

Nuestras oraciones a los santos no tiene otro objeto que el de pedir y alcanzar que intercedan por nosotros ante Dios, por consiguiente el fervor con que celebremos esta fiesta debería ser un culto de reparación por la tibieza con que dejamos pasar todas las fiestas religiosas del año.

Recordaremos a todos los seres queridos que se han ido y que por la gran misericordia y el amor infinito de Dios están en su presencia y pidámosles que ellos que ya están en el regazo de Padre, nos iluminen para seguir por el camino de salvación.

Mañana, día 2, la Iglesia pedirá por todos los que ya no están con nosotros por ser un día dedicado a los que terminaron su misión en la tierra y que la Iglesia le da el nombre de DÍA DE LOS FIELES DIFUNTOS y que todos conocemos como el Día de Muertos.

Para ellos, nuestro recuerdo lleno de amor y nuestras oraciones. Tal vez no todos han purificado su alma y aún están en la necesidad de nuestras misas y oraciones para llegar a la presencia del Señor, pero de todas maneras es bueno que no olvidemos y pidamos por aquellas almas más necesitadas, porque tal vez no tienen a nadie que en este día las recuerde....

Sin duda, porque así nuestra fe nos lo dice, creemos que los que se nos fueron, no han muerto, siguen viviendo con las potencias de su alma: memoria, entendimiento y voluntad, y por lo tanto su amor sigue haciéndolos estar cerca de nosotros para cuidarnos y guiarnos con más plenitud y profundidad que como lo pudieron hacer aquí en su vida terrena. La vida no termina al separarse el alma de su envoltura ... no morimos nos transformamos y el amor perdura por siempre, eternamente.



Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net