martes, 9 de febrero de 2010

La confesión, una herramienta de conversión

La Confesión o Reconciliación es el Sacramento mediante el cual Dios nos perdona los pecados cometidos después del Bautismo y recuperamos la vida de gracia, es decir, la amistad con Dios.

Es la gran oportunidad que tenemos para acercarnos de nuevo a Dios que es nuestra verdadera felicidad.

La confesión no es un sacramento de tristeza, sino de alegría, es el sacramento del hijo arrepentido que vuelve a los brazos de su Padre.

No es el Sacramento del final de nuestra vida, sino el que nos da la oportunidad de empezar una nueva vida cerca de Dios.

¿Cuándo me debo confesar?


Debemos confesarnos cada vez que caigamos en pecado grave o por lo menos una vez al año durante el tiempo de Pascua. Pero es aconsejable confesarse cuando menos una vez al mes, ya que así fortalecemos nuestra alma para resistir la tentación y nos acercamos más a Dios.

¿Qué es un pecado grave?


Se comete un pecado grave cuando se cumple con tres características:
1. Materia grave (lo que se va a hacer es algo importante)
2. Pleno conocimiento (se sabe que es malo lo que se va a hacer)
3. Pleno consentimiento (se elige libremente hacerlo)

¿Habló Cristo de la confesión?

Existen quienes piensan que el sacramento de la Reconciliación no fue instituido por Cristo, sino que es un invento de la Iglesia. Cristo lo instituyó cuando le dijo a los apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados les serán perdonados, pero a quienes se los retengáis les serán retenidos”. (Jn. 20, 23; Mt. 18, 18; 16, 18-19). La Iglesia es la que posee el poder de perdonar los pecados y buscar la santificación de sus miembros, a través de la penitencia y de una renovación interior.

Cuando nos reconciliamos con alguien: esposa, esposo, hijos, amigos, después de haber tenido un período de separación a causa de una pelea, de un mal entendido o una ofensa, nos sentimos en paz, nos da una gran alegría. Con más razón cuando nos reconciliamos con Dios a quien hemos ofendido con nuestros pecados. ¿Cómo podemos darle la espalda a Aquél que nos ha dado todo?

El sacramento de la Reconciliación es algo maravilloso. En él encontraremos la paz que tanto buscamos. Perdamos el miedo a este sacramento y acerquémonos a él frecuentemente.

Fuente: Catholic.net

Lourdes: Piedad de los sencillos

Bogotá (Martes, 09-02-2010, Gaudium Press) Un jueves 11 de febrero de 1.858, una mañana helada, en la sórdida cárcel abandonada y hoy refugio de los empobrecidos Soubirous, otrora molineros prósperos, se comprobó con espanto que no había leña y el día gris amenazaba ser terriblemente frío.

Papá Francisco había salido a su jornada de trabajo, a cualquier pago y en cualquier oficio, pues era un auténtico manso humilde, desheredado de la fortuna, sin maldecir jamás, siempre piadoso y enteramente resignado. Pero por salir tan temprano había descuidado dejar lista la provisión del fuego para calentar el hogar y hacer la frugal comida.

Bernadette fue la que notó la falta, mamá Luisa la que exclamó al Cielo y Marie-Toinette feliz la que se ofreció de inmediato a ir a buscarla por los lados de la cueva de Massabielle. Con Jeanne Abadie, la juguetona amiguita vecina, quisieron partir en seguida pero Bernadette ofreció juntarse, lo que las incomodaba... y alarmaba de paso a la buena Luisa, pues bien se sabía en todo Lourdes que la niña siempre había sido enjuta y poco desarrollada debido a una lenta enfermedad que la minaba.

Al recoger leña

Después de mucho insistir, le fue permitido acompañarlas pero bien abrigada, para que llegando al sitio se quedara del otro lado del Gave mirándolas recoger chamizos secos y retorcidos, amontonados por el viejo río en la pequeñita playa pedregosa frente a la cueva. De ella se contaba todo tipo de mitos, relatos e invenciones. Estaba sobre un brazo seco del caudal y no fue difícil pasarlo con los suecos en la mano y a saltitos, pues el agua estaba intensamente helada. Y Bernadette tenía que quedarse al otro lado, inútil que intentara.

Mientras las otras dos recogían ramas secas, la niña se quedó sentada en una piedra grande, mirándolas y pasando las cuentas de su rosario en el bolsillo del delantal. Quiso ir con ellas pero no quería arriesgarse a una recaída por desobediente. Súbitamente una ráfaga de viento le sonó al oído y le inflamó la cofia. Mirando a todas partes no vio nada extraño, pero al otro lado del río, justo arriba de la entrada de la cueva, en un ojal abierto por el viento y por el tiempo, en una especie de nicho natural, una nube blanca irisada encuadraba la silueta de una bella joven que parecía venir de la profundidad.

Una hermosa joven

Bernadette cayó instintiva y suavemente de rodillas viendo que la hermosa joven sonriendo, parecía descolgar de sus manos un rosario dorado para comenzar a rezar mirando a Bernadette y mirando a cielo. La niña acompañó con la mayor naturalidad las decenas hasta que la vio desaparecer; y ahora que la joven se había ido, Bernadette sintió que estaba animada para pasar suecos en mano mientras gritaba que por qué no le habían dicho que el agua esta tan tibia. Ellas la habían visto atónitas rezar y se preguntaban qué miraba al otro lado del rio, apenas casi detrás de donde estaban. ¿La vieron? -preguntó Bernardette llegando -¿A quién? Respondió Jeanne intrigadísima, pues junto con Mariae-Toniette siempre aseguraron que era innegable que en la cara de Bernatdettte se notaba un fulgor extraño y que estaban seguras que algo había visto en la misteriosa cueva.

Apuradas y en silencio medroso, hicieron pronto sus respectivos haces, y una tras la otra se fueron calladitas de regreso a casa. Bernardette iba atrás un poco asfixiada y las detuvo a la subida de la loma, para decirles que no dijeran a nadie que ella había visto una joven hermosísima, y había rezado un rosario con ella. Las niñas prometieron, absolutamente convencidas que en realidad Bernadette había visto algo. Pero más tardaron en llegar al pueblo que contar en casa lo que había pasado.

Así comenzaron las 18 casi consecutivas apariciones comprobadas y fidedignas de Nuestra Señora en Lourdes, a una niña muy sencilla que varias veces le preguntó su nombre hasta que en la decimosexta -el 25 de marzo, le respondió "Yo soy la Inmaculada Concepción".

La pobre Bernardette no entendió lo que aquello significaba y fue corriendo a decírselo al Párroco que tanto la había presionado para confirmar la verdad de ese fenómeno, que ya reunía todos los días cientos de personas de toda la comarca jurando los milagros de una fuente misteriosa aparecida en el lugar; que había desatado la persecución anticlerical del liberalismo de la época y, sobre todo, que confirmaba el dogma hacía cuatro años proclamado por el beato santo Padre Pio IX el 8 de diciembre de 1.854.



Autor: Antonio Borda | Fuente: Gaudium Press

Invitan a adherir al Manifiesto Ciudadano contra el Aborto

El nuevo sitio web provida argentino www.contraelaborto.com.ar invita a los visitantes a adherir a un Manifiesto Ciudadano contra el Aborto.

El manifiesto consta de 12 puntos y convoca a mujeres y hombres del mundo a “levantar la voz en nombre propio como ciudadanos responsables, y en el nombre de millones de mujeres silenciadas por la presión de haber sido engañadas a realizar un aborto sin prevenirlas sobre las consecuencias físicas y psicológicas del aborto, amén de la muerte de su hijo, y en nombre de los millones de seres humanos muertos en el mayor genocidio de la historia de la humanidad”.

La iniciativa está abierta a los ciudadanos de toda Hispanoamérica independientemente de sus creencias.

Pero, además, ofrece a los cristianos una sección donde los invita a ser parte de una red mundial de oración por “los niñitos no nacidos, el fin del aborto y la conversión de quienes propician este atroz genocidio”.

Informes: www.contraelaborto.com.ar o por correo electrónico info@contraelaborto.com.ar .

Fuente: AICA

lunes, 8 de febrero de 2010

Decisiones grandes, decisiones pequeñas

Hay decisiones “grandes” que imprimen un rumbo decisivo en la marcha de la vida.

La decisión por la carrera, por el trabajo, por el esposo o la esposa, por el modo de ahorrar, por la manera de organizar la casa... Cada una de esas decisiones configura buena parte de mi vida, orienta mi manera concreta de relacionarme con familiares y amigos, con conocidos y con extraños.

Otras decisiones son “pequeñas”. Parecen no tener importancia en el conjunto, porque se refieren a aspectos “marginales” o irrelevantes en la propia vida y en las vidas de quienes están a nuestro lado.

En realidad, cualquier acto mío influye en otros de maneras a veces insospechadas. Una sonrisa en la escalera puede cambiar el corazón de un vecino. Un gesto de gratitud al vendedor de fruta llega a ser la ocasión para que inicie una amistad sincera. Una carta o un mensaje electrónico a un profesor anciano llega a tener un valor muy grande para quien afronta los últimos años de su vida.

Es cierto que a la hora de tomar decisiones me miro muchas veces a mí mismo: qué me gusta, qué me “funciona”, qué me crea problemas, qué me descansa, qué rinde más.

Pero también es cierto que las decisiones no afectan sólo la propia vida, sino que llegan a muchos otros, incluso a personas nunca conocidas.

Por eso vale la pena reflexionar a la hora de tomar decisiones no sólo según la lógica del gusto personal, ni según el beneficio inmediato, sino según la lógica del encuentro, de la ayuda, del servicio, de la solidaridad.

No somos islas que flotan en el universo sin relaciones. Somos, más bien, parecidos a pequeños puntos que influyen en otros y que son influidos por lo que los otros hagan o dejen de hacer.

Este día, estos momentos que tengo ahora ante mis ojos, pueden ser decisivos para un amigo o para un extraño. Está en mis manos la decisión (grande o pequeña) de lo que hago o de lo que deje de hacer.

Dios, para quien soy “importante”, ha puesto en mis manos tesoros de inteligencia y voluntad. Ahora “espera” y mira. Si decido bien, si dejo que el amor dirija mis pasos, me habré convertido en un pequeño obrero en la gran misión de la misericordia, habré colaborado un poco en el proyecto de Dios Padre que busca llevar amor a cada uno de sus hijos. 
 
Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net